Extremoduro, poesía hecha rock.

Sucede -que se me ha alegrao’ el día- que, en ocasiones, nuestras expectativas ante algo que está por llegar son tan altas que el batacazo que nos llevamos es épico. Otras veces, son superadas con creces, y la realidad sobrepasa todo lo que hayas sido capaz de imaginar. Exactamente eso me pasó hace un par de semanas, el 27 de septiembre, durante el concierto de Extremoduro en Valladolid, en el marco de la gira de presentación de su último disco, ‘Para todos los públicos’. Tras varios intentos fallidos, por fin pude ver en directo a Iniesta, Uoho y compañía, auténticos emblemas de la música de nuestro país, historia viva de nuestro rock; aunque Extremoduro para mí, y para tantos otros, es mucho más que eso.

Saltaron al escenario entre los acordes de ‘Sol de invierno’ y contenedores portuarios de colores. Un comienzo que no esperaba y que me convenció de que todo lo que iba a llegar después sería un espectáculo infinitamente mayor del que yo podía haber deseado. A mitad de concierto se puso a llover como si no fuera a haber mañana. Las gotas amenazaban con poner fin antes de tiempo al encuentro de la banda extremeña con el público vallisoletano, pero ni ellos ni nosotros estábamos dispuestos. Chorreando, literalmente, cantábamos más fuerte, saltábamos más alto y pedíamos más temas con mayor insistencia. Desde el escenario, Robe y los suyos nos miraban desafiantes, animándonos a mandar a paseo a aquel feo cielo gris, al que pronto dejamos de implorar una tregua para entregarnos sin remedio al delirio que teníamos ante nuestros ojos.

Foto: Ricardo Otazo

Foto: Ricardo Otazo

A los que nacíamos más o menos a la vez que Extremoduro echaba a andar, y aún nos quedan muchos conciertos suyos en que perder la voz, se nos quedó carita de tontos ante su impecable sonido y su animal presencia sobre el escenario, fruto de mucha carretera a las espaldas. La veteranía en esto de la música es un grado, y Extremoduro lo aprovecha a la perfección. Creo que disfrutamos por igual los que repetían y aquellos para los que era nuestra primera vez. Extremoduro es de esas bandas que siempre sorprenden y reconquistan..

Fueron casi tres horas de concierto en las que no faltaron sus grandes éxitos, como ‘Jesucristo García’, ‘Puta’, ‘Salir’, Standby’, ‘Prometeo’, ‘La vereda de la puerta de atrás’ y ‘Autorretrato’, entre otros temas, a los que se han sumado en los últimos años canciones como ‘Dulce introducción al caos’ y ‘Si te vas’, coreadas con ahínco por las 9.000 personas que se dieron cita en el patio de la Feria de Muestras de la capital castellano y leonesa. ‘Mi voluntad’, ‘Locura transitoria’, ‘¡Qué borde era mi valle’, ‘Manué IV’ y el resto de temas que conforman su undécimo álbum de estudio, salvo un par de excepciones, tampoco faltaron. Cerca del final, llegó mi canción favorita: ‘Ama, ama y ensancha el alma’. Tengo que reconocer que se me pusieron los pelillos de punta -sé que a la gente de mi alrededor, también-.

Sobra decir a estas alturas que Robe Iniesta, líder y entrañas de Extremoduro, es un poeta. Un mago de las palabras al que se le han incrustado en la cara el paso del tiempo, los excesos y el rock. La vida, al fin y al cabo. Y parece que le pesa. Pero se sube al escenario con esas piernas de alambre que uno cree que no van a soportar el peso de la guitarra, y abre bocas a base de acordes. Apelas para quieto medio minuto. Se deja la voz y el alma en cada estrofa junto a su ejército, que no tiene banderas, sólo un corazón. Uno de los grandes momentos de la noche llegó cuando Robe, arropado por su inseparable Uoho, ese guitarrista inagotable e inigualable, interpretó un tema inédito que dejó al respetable con ganas, muchas, de nuevo material del grupo cuando aún estamos saboreando las mieles de su último disco. Apenas había terminado el concierto, ya suplicábamos por otro. Así te deja Extremoduro, con resaca de rock en el espíritu, de esas que sólo se curan poniéndote de nuevo ante ellos.

 

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Dale al PLAY.

Me consuela pensar que es un síndrome habitual, que no estoy sola. Lo reconozco: yo también soy de esas que tienen 400 canciones en el iPod pero apenas escucha diez, una veintena a lo sumo. Así, en bucle. Sí, yo también soy de esas que se promete que no va a ir pasando temas hasta llegar a uno de sus favoritos, pero que cae, derrotada por una fuerza de voluntad nula, en la misma historia de cada día: esta no, esta tampoco, esta quizá después, ESTA SÍ. También soy de esas que disfruta descubriendo nueva música, pero que siempre, pase lo que pase, regresa irremediablemente a sus ‘clásicos populares’. Echando un ojo a la lista de ‘Las más reproducidas’ de mi inseparable amigo, esto es lo que me encuentro en el TOP 10:

10) ‘ENAMORADO DE UNA BOTELLA’, de Piperrak. Me teletransporta a mi bar favorito, que cerró hace algo más de dos años -aún no lo he superado, ni creo que lo haga-, a mis locos años 20 y todo lo que representan. Su autor no dejó más tiempo y esfuerzo de lo estrictamente necesario en su composición, es cierto, pero a mí me hace saltar y vocear, y, a veces, eso es lo único que una necesita.

9) ‘ALTA FIDELIDAD’, de Lori Meyers. ¿De verdad hace falta explicar por qué es una de mis imprescindibles? ¿¡EN SERIO!? Se me van los pies en cuanto empieza. Y la cabeza. Todo el cuerpo. ¡¡YEIYEEEEEEHHHH!!

8) ‘VIDAS CRUZADAS’, de Quique González. Para mí, una de sus obras maestras. Con esta canción le descubrí, así que tiene un significado más que especial para mí. Y la versión con Iván Ferreiro, pues qué te voy a contar: otra liga. Si tuviera que definir a Quique con una palabra, sería ‘poeta’. Creo que nos ha regalado algunas de las estrofas más jodidamente bonitas de la música de autor de nuestro país de los últimos años. Sabe dar a matar. Pero te mueres con gusto, oye.

7) ‘LIFE’, de Des’ree. No sé qué narices tiene esta canción, pero me encanta. Desde hace años. No me canso de escucharla. Me transmite buen rollo, me pone de buenas. No hay ninguna razón más para que me guste, si te soy sincera. No encaja en el tipo de música que suelo escuchar habitualmente, pero quizá precisamente por eso me mola tanto. Y porque entiendo lo que estoy cantando, y eso mi ego y la aprendiz-de-inglés-ligeramente-frustrada que hay en mí lo agradecen.

6) ‘CORAZÓN DE MIMBRE’, de Marea. Si hay algo de rockera en mí, la culpa la tiene esta canción. Fue escucharla por primera vez y caer irremediablemente prendida de Marea, y un poquito enamorada de Kutxi Romero -negaré haber escrito esto-. Lo pienso y me da la risa: pasé de El Canto del Loco a Marea en un plis-plas. Crecemos, cambiamos y cambia lo que escuchamos (inciso: crezco, pero no olvido). En cierta manera, esta canción representa para mí el final de muchas cosas y el comienzo de otras tantas. Mejores, mucho mejores.

5) ‘ALUCINANTE’, de Platero & Tú. Si algún día me diera por rezar -algo que no pasará nunca, probablemente-, rezaría para pedir que volvieran los Platero. Si hubiera nacido quince años antes… Pero, por desgracia, lo más cerca que he estado de verles en directo ha sido un concierto de Fito -junto a sus Fitipaldis- en el que nos deleitó a los asistentes con ‘Al cantar’, acompañado únicamente por su guitarra eléctrica. Vivo con ese consuelo. Esta canción me chifla. Mucho. Yo quiero que en todas las pistolas crezcan flores. Y en las cajetillas de tabaco.

4) ‘AL AMANECER’, de los Fresones Rebeldes. Me suena a infancia. Al disco de ‘Generation Next Music’, de Pepsi, que mi hermano pidió un año para que le trajeran los Reyes Magos. Aunque, sin duda, el gran temazo de ese disco era ‘Train’, de Undrop, yo siempre tuve debilidad por esta pista. ADORO la letra. Creo que define el amor a la perfección: ‘(…) y te miro y no puedo parar de reír, porque sé que tú ves lo mismo que yo vi’. Me sentí muy orgullosa de mí misma cuando logré aprendérmela entera y cantarla del tirón, siendo capaz de respirar con normalidad al mismo tiempo. Uno de los pequeños grandes éxitos de mi simple y feliz pre-adolescencia.

3) ‘LOS DÍAS RAROS’, de Vetusta Morla. Esta canción en directo es la bomba. El mejor final para un concierto. Indescriptible -si no me crees, aún queda mucha gira de Vetusta Morla por delante, lo pruebas y me cuentas; ¡DE NADA!-. Escucharla en casa no tiene tanta gracia, seamos francos, pero viene estupendamente para cantarla mientras te duchas. Los ‘ooooohhh’ del final son una bendición para la estrella de la música que todos llevamos dentro. Y, como ocurre con la práctica totalidad de los temas de esta banda, la letra es una delicia. Es para prestarle atención, para entonarla despacito. Y cada cual que saque sus conclusiones.

2) ‘KIDS’, de MGMT. No me fío de la gente a la que no le gusta esta canción. Creo que es, sencillamente, espectacular. Su principio es el mejor tono de móvil de la Historia de los Tonos de Móvil, y todos lo sabemos. Es de esas melodías pegadizas que se te meten en la cabeza sin que puedas hacer nada por evitarlo. Y la tarareas sin querer toooooodo el tiempo. Tututututututututuuuuutu. Allá tú si pinchas en este enlace -y lo que mola el videoclip, ¿qué?-. El que avisa, no es traidor.

1) ‘AMA, AMA Y ENSANCHA EL ALMA’, de Extremoduro. Mi canción favorita en el mundo mundial. Pero de lejos. A miles de millones de años luz de cualquier otra. Porque yo, antes que nada en la vida, también prefiero ser india, qué quieres que te diga. Y porque dice verdades como puños. Y punto.

Izal o el fenómeno musical sin efectos especiales

Pocas cosas en el mundo provocan el subidón incontrolable de un concierto, ese que empieza en los pies y llega hasta tu corononilla y que te obliga, sin que puedas hacer nada por evitarlo, a saltar descontroladamente. De hecho, al día siguiente te levantarás de un brinco de la cama -salvo que hayas ido a uno de Marea, Ska-P o similar, en cuyo caso estarás lleno de moratones y no podrás moverte con normalidad en tres o cuatro días-. Y, aún así, un concierto te cura todos los males. Y si pierdes la voz por el camino, lo mismo da: ya volverá, sabe dónde estás. Puede que incluso una semana después no hayas logrado sacarte del cuerpo la sensación inigualable de escuchar en directo a esa banda que a diario te acompaña en tu iPod o en tu mente, desde primera hora de la mañana hasta la última de la noche, mientras trabajas, estudias, vas al gimnasio, arriesgas tu vida al cruzar la calle con los cascos puestos y el volumen a tope, cocinas, te tomas una cerveza o te desmelenas ante el espejo sintiéndote una estrella del rock.

Exactamente eso me está pasando a mí tras el concierto de Izal el pasado sábado en el Laboratorio de las Artes de Valladolid (LAVA), para el que agotaron las entradas, como están haciendo prácticamente en cada recinto que pisan. Están imparables, y no me extraña. Tras verles triunfar en noviembre en el Intro Music Fest, las expectativas estaban por las nubes. Y las cumplieron. Las sobrepasaron. Pregunta que me hago desde hace siete días: ¿serán conscientes del directo tan brutal que tienen?

Izal

Paradójicamente, comenzaron el concierto con ‘Despedida’, la canción que abre también su segundo trabajo discográfico, ‘Agujeros de gusano’, que vio la luz en 2013. Apenas habían llegado al estribillo y ya se habían metido al público en el bolsillo. A mi lado, cuatro mujeres con los 45 -y creo que también los 50- ya cumplidos disfrutaban como pocos en la sala. Y yo pensaba -lo pienso antes, durante y tras cada concierto- que yo de mayor quiero hacer exactamente eso. Pero esa es otra historia que ya habrá tiempo de tratar. Volviendo a Izal, vinieron después ‘Hambre’, ‘Tóxica’, ‘Conclusión en Do para ukelele’ -¿he dicho ya que quiero un ukelele? aunque sea sólo por tenerlo de adorno-, ‘Magia y efectos especiales’ -canción con la que, como ellos mismos reconocen, todo este sueño que es Izal comenzó-, ‘Jenna Fischer’, ‘Prueba y error’… y, cómo no, ‘Qué bien’, una de esas canciones que tiene un no-sé-qué-que-qué-sé-yo que te hace sonreír desde el primer acorde. Hace mucho más de siete días que me pregunto: ¿serán consciente del TEMAZO que han creado? De esos capaces de marcar un verano, como el mío de 2013. De trasladarte irremediablemente cada vez que la escuchas a un mes de julio y una playa del norte. ¿Puede una canción hacer algo mejor por ti? Lo dudo.

La invocación a ‘La mujer de verde’ trajo el delirio y puso el punto y final a casi dos horas de concierto en las que el quinteto dejó claro, a punta de veinte canciones, porqué es uno de los grupos más punteros del panorama musical nacional en la actualidad: a sus letras pegadizas se suman su chispa, energía, actitud y que suenan de fábula en directo. Han traído a nuestros oídos y nuestros pies un soplo de aire fresco. Izal se ha subido al tren de esas bandas bendecidas por el maravilloso don de lograr que sus conciertos sean auténticos espectáculos de buen rollo. A ver quién se atreve a bajarlos. Yo, desde luego, estoy deseando que ese tren pase por Pucela pronto otra vez.