La trenza del talento.

Que la culpa es de la tierra, y de ese genio -y genialidad- que le sale por cada poro de su cuerpo menudo en apariencia, inagotable en su esencia. Y de todo lo que dice con cada guiño que le hace a la vida y a quien tiene enfrente. Y con unas manos y unos dedos que van dejando estela. Y con una sonrisa que, siempre, le llena la cara entera. El torbellino Inma Cuesta (Valencia, 1980) arrasa allá por donde pasa. Protagoniza ‘La novia’, la adaptación de ‘Bodas de sangre’, una de las grandes tragedias del inmortal Lorca, que firma la cineasta aragonesa Paula Ortiz. Una novia que el viernes se vistió de blanco para hacer su entrada en los cines españoles. Se hizo en el pelo una trenza -que se ha vuelto ya signo distintivo de quien le da la voz y el alma-, se amarró a los brazos de dos hombres que son sus dos amores (magistralmente interpretados por Asier Etxeandía y Álex García) y echó a volar. Ahora viene una parte del proceso de la que quiere disfrutar «cuanto sea posible»: compartir la cinta con el público. 

Inma Cuesta en 'La novia'

Se le ilumina la tez morena hablando de ‘La novia’, un largometraje que ha supuesto para ella un «viaje catártico». «Tuve que deambular por recuerdos personales. Abrí cajoncitos y encontré muchas cositas que no estaban bien, que no habían sanado», afirma. Asegura haberse entregado «al 500%» en el proyecto, haberse «dejado el alma», y queda patente desde el principio hasta el final de la película, en la que resplandece. Ha llevado al séptimo arte a uno de los personajes emblemáticos de la obra del autor granadino, que siempre ha estado muy presente en su vida. «Se me desbocó el corazón cuando Paula me llamó para proponerme este papel, porque Lorca está muy cerca de mí, memorizaba textos suyos cuando era pequeña y quería ser actriz, así que siento que ahora se ha cerrado un círculo», comenta. 

La actriz, criada en un Jaén que se escapa a borbotones por su acento, regresa, así, al drama, género en el que, para muchos, es donde su talento más brilla. Ella, ni respalda la premisa ni se muestra en contra: «De lo que se trata es de los personajes, porque un intérprete lo que hace es cirugía de las emociones». «No me siento más cómoda en un género que en otro, la comodidad no ha venido aún», explica. «En el momento en que me acomode, será que ya no tendré nada que aprender. Entonces, me retiraré», sentencia. 

Inma Cuesta como Ruth en 'Tres bodas de más'

En los próximos meses pasará de nuevo por la gran pantalla con dos títulos: ‘Julieta’, de Pedro Almodóvar, y ‘Kóblic’, bajo la batuta del realizador argentino Sebastián Borensztein. Ambos trabajos han supuesto para ella nuevos pasos. El primero, por «entrar a formar parte de la cinematografía de un director que pasará a la historia del cine». El segundo, porque ha sido su primer rodaje fuera de España, en Argentina, con Ricardo Darín regalándole la réplica. «Esta película ha sido muy transformadora para mí por estar lejos de todo», señala. «Allí no era nadie y fue muy bonito, sentí que acababa de llegar y que aún me queda mucho por hacer y aprender», añade. 

Reconoce haber tenido mucha suerte, pero también haber dado todo de sí misma. «Yo no he llegado aquí por casualidad. La constancia y el esfuerzo han sido las claves», comenta. La seguridad que desprende en todo lo que hace y todo lo que es, resultaría quizá soberbia en otras bocas. En la suya, suena a recompensa ganada a pulso, fruto de una carrera en la que ha sabido conjugar a la perfección sus apariciones en cine, teatro y televisión, cosechando éxitos por doquier. 

En cuanto al futuro, todo apunta a que pasará por cambiar de bando y situarse tras la cámara. «Antes escribía mucho y ahora lo he retomado, me gustaría ponerme al otro lado, porque cuando actúas, al final estás contando una historia que ha escrito otro», comenta. Y para encontrar esas historias propias y recuperar las ya atesoradas, a corto plazo sólo planea «vivir para contarlo». «Ahora mismo, necesito parar un poco, descansar», dice, y al rato implora por que alguien la llame para una comedia musical. Inma Cuesta no puede parar, es una mente inquieta, una mujer orquesta destinada a existir en permanente movimiento. Quedan garra, arte y trenza para rato

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Este perfil de Inma Cuesta fue mi práctica en el taller ‘Cómo escribir de cine’ de la Escuela de Periodismo de El País, en que he participado durante este fin de semana. Gregorio Belinchón, redactor de cine del periódico, fue el encargado de impartir el curso. Pudimos ver ‘La novia’ y charlar durante un par de horas con la actriz. Una experiencia de lo más enriquecedora y muy recomendable. 

Sobre la normalidad y otras cualidades que no quiero para mí.

Requisitos para ser una persona normalTrabajo. Casa. Pareja. Aficiones. Vida social. Vida familiar. Ser feliz. Esos son los siete ‘Requisitos para ser una persona normal’ de los que habla Leticia Dolera en su ‘Requisitos para ser una persona normal’, que se estrenó en los cines hace unas semanas. Ella misma la protagoniza también, dando vida a María de las Montañas, una joven que llega a la treintena y se da cuenta de que su vida no es ni remotamente parecida a como se imaginaba que sería con tres décadas a las espaldas. De esos siete requisitos, no cumple ninguno. Aunque, claro, no tienen ninguna base científica, simplemente es una lista que ella misma elabora porque cree que es lo que necesita para encajar, porque cree que es lo que se espera de ella.

Salí del cine con una sonrisa, porque es una película sincera, tierna, con un guión al que es difícil poner algún pero, divertida también, simple en su argumento pero que te hace pararte a pensar. Creo que lo importante -lo necesario, lo imprescindible- de cualquier experiencia, incluso de las más simples, es que te deje cierto poso, y a mí me ha pasado con esta película. Me hizo reflexionar sobre aquello que me hace realmente feliz, que no es, seguramente, lo mismo que te hace feliz a ti

Dolera ha empleado un recurso maravilloso en su película: la presencia en el filme de Ikea, esa marca que aboga porque las casas de todos sean exactamente iguales las unas a las otras. Y quien dice las casas, dice los muebles del cerebro. En Ikea cada tornillo tiene su función, cada pieza encaja con otra, todo tiene su razón y su lugar. No hay un hueco para la sorpresa, para lo insólito. No nos damos cuenta, pero constantemente nos bombardean con productos, incluso con ideas, encaminados a conseguir que todos seamos réplicas de todos, por dentro y por fuera. Por eso, cuando aparece ante nosotros alguien que se sale de esos cánones que nos han metido con calzador, nos choca y, a menudo, mostramos cierto rechazo. El término ‘normal’ hoy en día representa mucho más que aquello que Dolera apunta en su película. No tiene sentido, ¿verdad? Toda la vida buscando ser diferentes, ser especiales, y resulta que ahora si te sales un pelín de los parámetros establecidos, ya no eres una persona normal, que significa precisamente eso: ser alguien exactamente igual que los demás, alguien que no sobresale, alguien que no destaca. ¿Alguien plano?

En serio, ¿quién quiere ser normal? Ayer tuve la oportunidad de ver a Asier Etxeandía en ‘El Intérprete’ y pronunció una de las frases más sabias que he escuchado en mucho tiempo: «Con vergüenza no se consiguen los sueños». Él, que es un ser extraordinario, Asir Etxeandía, ‘El Intérprete’ – ‘Volver’ + ‘Psychokiller’, deja estela allá por dónde va precisamente por eso, porque no es una persona normal. ‘Normal’ entendido como ‘común’. Imagino que no ha llegado a donde está precisamente por haberse rebajado a ser alguien ‘corriente’. Alguien ‘normal’ nunca saca los pies del tiesto ni abandona su zona de confort con frecuencia por miedo al qué será, será. Corrijo: fueron muchas las frases memorables que pronunció Etxeandía durante dos horas y media de puro espectáculo. Otra de las que me guardé fue esta: «Defiende tu sombrero por muy ridículo que parezca». En fin, a buen entendedor…

Yo tampoco cumplo todos los requisitos para ser una persona normal que Dolera enumera en la cinta. Pero sí el más importante: ser feliz. Tampoco sé si hoy en día eso es muy normal…

He cumplido 27 años. No tengo ninguna cualificación y, lo que es peor,

ningún talento especial. Además, tengo gustos que requieren,

como mínimo, 80.000 libras al año.

(‘Esnobs’, Julian Fellowes)

¡Que estaba de parranda…!

Hace algo más de tres meses que no me pasaba por aquí. Parece poco tiempo,en realidad. Sin embargo, me han pasado infinidad de cosas. Por ejemplo, me han detectado alergia a las gramíneas. Y al níquel. Para los que no lo sepáis, el níquel está en todas partes. En las monedas, en una simple cremallera. ¡Yuhu! Era más feliz cuando no lo sabía. A partir de ahora, si me queréis regalar joyas, que sean buenas. También he visto dos obras de teatro que me han marcado, ambas dirigidas por Sergio Peris-Mencheta: ‘Continuidad de los parques’, con un Luis Zahera en estado de gracia (me pirran su voz y su acento, no lo puedo evitar); y ‘Un trozo invisible de este mundo’, en la que Juan Diego Botto se marca cinco monólogos para el recuerdo (escritos por él mismo, by the way). Salir del teatro con el corazón tocado es maravilloso, me ocurrió en sendas ocasiones.

Las artes escénicas han sido protagonistas de estos tres meses de mi vida también por otra razón. Entre el 27 y el 31 de mayo se ha celebrado la décimo sexta edición del Festival Internacional de Teatro y Artes de Calle de Valladolid. Mi querido TAC. Apenas llevaba dos meses como becaria en mi empresa cuando me tocó ocuparme por primera vez de este festival prácticamente en solitario. Estaba, literalmente, acojonada. Sobreviví. Me enamoré irremediablemente. Este ha sido mi tercer TAC como responsable de comunicación -me sigue dando vértigo- y, sin duda, el más especial de todos. Lloré cuando se acabó. Me he guardado para mí infinidad de risas, nuevas caras amigas, una gran satisfacción por el trabajo realizado, un puñado de montajes que me han conquistado y un beso de Marc Pujol, miembro de Obskené, que nos dejaron disfrutar como enanos a mí y a cientos de pucelanos de esa genialidad que es ‘Fuenteovejuna. Breve tratado sobre las ovejas domésticas’.

Obskené - 'Fuenteovejuna. Breve tratado sobre las ovejas domésticas'

Obskené en el TAC 2015 con ‘Fuenteovejuna. Breve tratado sobre las ovejas domésticas’ (por Gerardo Sanz, fotógrafo oficial del festival)

No lloré, si soy sincera, cuando acabó otro encuentro que ha ocupado muchos de mis días desde la última vez que me dejé caer por aquí. Esta vez, una cita literaria, la 48 Feria del Libro de Valladolid, que me brindó la oportunidad de conocer a Julio Llamazares, JJ Armas Marcelo y Carlos Hernández de Miguel, entre otros, y de la que me llevé muchas nuevas letras para leer. No lloré por la sencilla razón de que no estaba aquí para verla concluir. Unos días antes de que terminara, me monté en un avión con cinco amigos rumbo a Turín, la ciudad en la que gastamos nueve meses de nuestras vidas hace ya unos cuantos años. Ay, la vida Erasmus, la vida mejor.

Fue extraño volver a aquella ciudad y comprobar que todo seguía tan igual y, a la vez, que todo era tan distinto. Bueno, quizá sólo éramos nosotros los diferentes, nuestras circunstancias, la mochila que llevábamos a la espalda esta vez paseando bajo los soportales de Via Po. Vimos la Sábana Santa, que sólo se muestra una vez cada diez años, vivimos el 1 de mayo a la italiana, compartimos con los turineses que la Juve ganaba la liga y descubrimos el cóctel definitivo, hecho a base de ron blanco, vodka, ginebra y licor de melón, que nos proporcionó una noche al más puro estilo Erasmus de la mano de un dj salido de vete a saber dónde que nos hizo bailar como locos. Cuatro días en Turín con esos cinco dan para mucho.

Turín

Mi viaje a tierras italianas me recuerda que ya tengo otro viaje entre manos. ¿El destino? ¡Marrakech! Será en septiembre. Quedan aún más de tres meses. Uff. Ah, y se me ha casado una prima y su boda derivó en la compra del abono para el Sonorama. Otro planazo para el verano. He visto a Serrat y a Sabina en concierto, también a La M.O.D.A., Marlango y Maika Makovski; me he leído, por fin, ‘El mundo’, de Juan José Millán (lectura obligada); he terminado mi primera manta hecha a ganchillo; mi sobrina ya dice mi nombre; he descubierto que sólo era cuestión de tiempo y de mucho comerlo que me gustara el guacamole; he vivido la rueda de prensa más divertida de mi vida gracias a Emilio Martínez-Lázaro (durante la 28 Semana de Cine de Medina, que me brindó también la oportunidad de conocer a Bárbara Lennie y Javier Gutiérrez); he superado nuevos retos… y he cumplido 27 años.

 

¿Y si el Prado tocara siempre?

Ayer leí en El País que un cuadro de Paul Gauguin, ‘Nafea Faa Ipoipo’, es, seguramente, la obra de arte más cara de la historia. De tener dinero -muchísimo dinero-, yo habría pagado por algún otro cuadro los 300 millones de dólares que se han pagado por este. No tengo un cuadro favorito, sino unos cuantos (el que más, ‘El matrimonio Arnolfini’, de Van Eyck), así que sé muy bien cuáles formarían mi pinacoteca particular. Recientemente se han sumado a la lista unas cuantas obras que descubrí el mes pasado cuando visité el Museo del Prado. Lo que me lleva a otro asunto que llamó mi atención hace unas semanas.

Cuando me siento en el sofá frente al televisor para ver algún informativo, siempre albergo cierta esperanza de que no todo sean malas noticias. Casi siempre mis expectativas no llegan a buen puerto, pero ocurre de vez en cuando que el mundo -y, sobre todo, esta España nuestra- te sorprende. Justamente eso me pasó cuando me enteré de que el Museo del Prado inauguraba una exposición muy especial, ‘Hoy toca el Prado’ -que podrá visitarse hasta junio-, formada por reproducciones de seis de sus obras más emblemáticas adaptadas para que personas invidentes o con visión reducida puedan verlas a través del tacto. Creo que con frecuencia se nos olvida que la Cultura no debe ser un lujo -aunque haya quien se empeñe en ello- y que ha de ser accesible para todos los públicos, independientemente de sus características o necesidades. Por eso, aplaudo la iniciativa del Museo del Prado, esperando que no quede sólo en algo anecdótico y que sea una práctica más habitual. Igual que se invierten recursos y esfuerzos en acercar la Cultura al público infantil, por ejemplo, considero que es también importante apostar por públicos más creciditos en años pero igualmente ávidos de consumir Cultura. T.S. Elliot dijo que «la Cultura es todo aquello que hace de la vida algo digno de ser vivido»; ¿no merecemos todos tenerla a nuestra alcance?

El caballero de la mano en el pechoUna de las obras que forman parte de la exposición es ‘El caballero de la mano en el pecho’, de El Greco. Sí, gustosamente lo tendría colgado en mi salón. Completan la lista ‘La fragua de Vulcano’, de Velázquez; ‘Noli me tangere’, de Correggio; ‘El quitasol’, de Goya; ‘La Gioconda’, del taller de Leonardo Da Vinci; y ‘Bodegón con alcachofas, flores y recipientes de vidrio’, de Juan an der Hamen y León. La verdad es que yo había sumado a la lista otras cuantas. Por ejemplo, alguno de Vicente López (este fue, sin duda, el que más me gustó), también de Joaquín Sorolla, Raimundo de Madrazo (¿no es una pasada?) y Antonio Muñoz Degrain.

La verdad es que me quedé embobada con un montón de cuadros del Prado: todos los Velázquez que alberga el museo, desde ‘La rendición de Breda’ hasta ‘Las hilanderas’; ‘Las tres gracias’, de Rubens; el retrato de ‘Gaspar Melchor de Jovellanos’, de Goya; ‘Doña Isabel la Católica dictando su testamento’, de Eduardo Rosales; ‘Retrato de niña con fondo de paisaje’, de Carlos Luis Ribera; y un montón más. Aunque mi gran descubrimiento fue, sin duda, ‘Fusilamiento de Torrijos y sus compañeros en las playas de Málaga’, de Antonio Gisbert. Me impresionaron las expresiones de cada personaje, sus gestos y la intensidad de la escena al completo. Qué tontería, no me había parado a pensar en lo afortunada que soy por poder contemplar maravillas como esta, por poder decir que tengo cuadros favoritos. 

Fusilamiento de Torrijos y sus compañeros en las playas de Málaga

Hoy me visto de corto (I)

La próxima semana se celebrará la vigésimo sexta edición del Festival Internacional de Cortometrajes de Aguilar de Campoo (del 4 al 8 de diciembre). Además, ya está en marcha una nueva entrega de la Semana de Cine de Medina del Campo, que se desarrollará en la localidad vallisoletana del 13 al 21 de marzo. Ambos festivales son los culpables de que me haya aficionado sin remedio al cortometraje. Nuestro país puede presumir de una cantera excepcional de cineastas que trabajan el género chico con pasión y la misma entrega -o más- que si se tratase de un largo. Por eso, quiero compartir con vosotros algunos de los que más me gustan, descubriros pequeñas joyas del séptimo arte patrio

Para empezar, os dejo ‘Mi ojo derecho’, una maravilla de Josecho de Linares (Málaga, 1984). Os aviso: tened a mano un paquete de pañuelos, porque os espera un cuarto de hora de pura emoción. La historia que cuenta la cinta tiene mucho de autobiográfico, quizá sea esa la razón de que ponga los pelos tan de punta: todos vamos a sentirnos un poco identificados. Descubrí esta joya, precisamente, gracias a la Semana de Cine de Medina, pues se alzó con el Roel de Oro en la edición de 2013 del certamen. Premio más que merecido. No hay amor comparable al de los abuelos, ninguno tan incondicional y sincero, y deberíamos disfrutarlo de ello cada segundo que podamos. Más allá de sentimentalismos, creo que este filme lanza un claro mensaje: toda la entrega y dedicación que mostraron cuando éramos niños debemos devolvérselas ahora que hemos crecido y ellos la necesitan tanto. A todos en algún momento de nuestra vida nos hace falta un par de manos que nos cuiden.

Uno de mis cortometrajistas favoritos es, sin duda, Esteban Crespo (Madrid, 1971), nombre que puede que os suene porque estuvo nominado al Oscar este año en la categoría de Mejor Cortometraje de Ficción por ‘Aquel no era yo’, una cinta terriblemente dura que no deja indiferente a nadie. Sin embargo, hoy comparto con vosotros otra historia, la de Jesús y su abuela, la ‘Lala’ del título, y la de un cuento. Un cuento sin final. Y un Gustavo Salmerón que, como siempre, lo borda -y esa sensación de que nuestro cine no le valora como merece que se me queda siempre que le veo en pantalla-. Crespo es una de esas personas cercanas, humanas, comprometidas, un cineasta que demuestra en cada cinta que ama el cine y que impregna sus historias de realidad, de detalles, de cotidiana verdad.

Y hablando de Gustavo Salmerón, él es el protagonista de ‘Diez minutos’, que firma Alberto Ruiz Rojo, co-protagonizado por Eva Marciel. La cinta se alzó en 2005 con el Premio Goya al Mejor Cortometraje de Ficción. Enrique, al que da vida Salmerón, llama al servicio de atención al cliente de su compañía telefónica esperando conseguir un número. Le atiende Nuria, una de las operadoras. De que ella le facilite o no ese número depende que él recupere al amor de su vida. ¿Cómo acabará la historia? Pese a que la trama en sí no tiene demasiada chicha, las interpretaciones de Salmerón y Marciel y el fantástico diálogo que ambos mantienen hacen que el corto enganche al espectador de principio a fin

‘Los Miserables’ conquistan los teatros españoles a golpe de voz y barricada.

Los musicales están de moda en nuestro país. ¿Cómo han podido no estarlo antes? Quizá es que es ahora cuando se está alcanzando una calidad técnica de la que los espectáculos carecían hasta el momento, auspiciada por la apuesta de empresas privadas -como Stage Entertainment España, a la que debemos, por ejemplo, esa disfrute para los sentidos y el espíritu que es ‘El Rey León’- por traer a los teatros patrios los tesoros que pueblan los más emblemáticos escenarios del mundo, como el barrio neoyorkino de Broadway, cuna y casa del género.

Precisamente, a Stage Entertainment España le debemos la llegada a España -temporadas 2010-2011 y 2011-2012 en Madrid y Barcelona, respectivamente- de la adaptación de Cameron Mackintosh de ‘Los Miserables’, el legendario musical basado en la obra homónima de Víctor Hugo, que Alain Boubli y Claude Michael Schönberg pusieron en escena en 1985 en el Queen’s Theatre de Londres, convirtiéndolo en un éxito rotundo que aún hoy pervive como icono en el mítico escenario británico. Así, Mackintosh conmemoraba el 25 aniversario del musical y abogaba por acercarlo al mundo entero. Con más de cuarenta países visitados y cerca de 65 millones de espectadores a la espalda, el musical regresaba al territorio nacional en septiembre de 2013, con el comienzo en Santander de la gira española, que engloba una veintena de ciudades. El pasado 10 de abril, ‘Los Miserables’ recalaba, por fin, en el Teatro Calderón de Valladolid, donde permaneció hasta el pasado domingo, 4 de mayo, con el público entregado a la causa. No podía perdérmelo.

Los Miserables

La puesta en escena es un escándalo. Se queda uno con la boca abierta. Y es incapaz de cerrarla ante los poderosos chorros de voz de los protagonistas. No podría quedarme con uno. Bueno, quizá sí. Y es que , pese a mi reciente -y ya irrefrenable- afición a los musicales, ya tengo una debilidad: se llama Ignasi Vidal y es grandioso. Extraño verle en el papel del malvado Javert tras ser la más bella Bestia del cuento. Borda el papel. Igual que lo hace Elena Medina, quien da vida a Fantine. Cuesta creer que a ese cuerpo tan menudo pertenezcan unas cuerdas vocales tan inmensas. Es-pec-ta-cu-lar. Y me quedo corta con el adjetivo.

EponineEl argentino Guido Balzaretti también debería estar más que orgulloso de su Marius. Pero, sin duda, mi gran descubrimiento en ‘Los Miserables’ ha sido Lydia Fairén, una brillante Eponine que devora el escenario, volviendo chiquitos a sus enormes compañeros cuando ella aparece. Pone los pelos de punta cada vez que abre la boca. ¡Qué forma de transmitir! Sufrí con ella por el amor de Marius, por el presente perdido y un futuro que nunca llegará. Y, con nosotras, todo el teatro, que rompió en una larga y más que merecida ovación tras casi tres horas de redondo montaje que se hicieron cortas.

Siento mucho respeto por quienes sacan adelante espectáculos como ‘Los Miserables’, y más en estos momentos, cuando a la cultura le llueven los palos a diestro y siniestro. No sólo por los intérpretes y músicos -desde la galería podía verse a la orquesta, tocando en directo bajo el escenario-, sino por cada miembro del equipo, del primero al último. Creo que el suyo es un trabajo digno de admirar. Y el resultado, siempre insuperable. Deberíamos los espectadores estar muy agradecidos. En cuanto a ‘Los Miserables’, no puedo ponerle una pega. Tampoco quiero hacerlo. Porque la que inundó el Teatro Calderón durante tres semanas es esa clase de magia que necesitamos. La que consigue que por un rato más o menos largo te olvides de todo lo que queda al otro lado de las puertas y te veas envuelto en historias inmortales. Y las barricadas, la bandera roja y la revolución se te antojan un poco tuyas. Y ni pestañeas. Y te agarras a la butaca, queriendo siempre que el espectáculo dure alguna escena más. 

Que la vida es un ratico…

Me encuentro en un punto de inflexión en mi vida. En menos de dos meses me caduca el Carné Joven y, lo que es peor, me veré obligada a decir adiós al Bonobús Joven. Allá por mayo, cuando hace la calor, cuando los trigos encañan y están los campos en flor, cumplo 26 primaveras. Y es como si la Junta de Castilla y León y el Ayuntamiento de la ciudad que me vio nacer hubieran decidido reírse en mi cara y regodearse de que, sin remedio, me estoy haciendo mayor. Siento como todos los que acaban de estrenar la década prodigiosa de los 20 me mirasen por encima del hombre con aire de superioridad, expectantes ante todo lo que yo ya he vivido y ahora empiezan ellos a vivir.

No es de extrañar, salvando distancias más que obvias e inmensas, que me sienta irremediablemente identificada con Jep Gambardella, el exquisito protagonista de ‘La gran belleza’ (2013)ese homenaje al carpe diem y a la caput mundi que Paolo Sorrentino ha tenido a bien regalarnos y que le da consagrado como el nuevo rey del cine italiano, Oscar y Globo de Oro mediante. Un retrato sobre lo humano y lo divino, sobre el paso del tiempo como revelación.  En un momento de la película, Jep se dice a sí mismo: «(…) me di cuenta que no podía perder el tiempo haciendo cosas que no quería». Y yo no tenía muy claro si lo había dicho él o lo había pensado yo. Míranos, querido Jep: ¡tan distintos y tan iguales a la vez…!

La gran belleza

Todos, absolutamente TO-DOS, los actores ofrecen interpretaciones primorosas, como si hubieran elegido a dedo un papel en el que sabían que relucirían. Al frente, Toni Servillo. Desde el instante mismo en que aparece en pantalla, con ese bailecito, esa americana y el cigarro entre los dientes, galán y altanero, te enamora. A mí, al menos, me enamoró. Lo reconozco. Perdería la cabeza por Jep Gambardella si existiera y tuviera la planta del actor italiano. Y si tuviera cuarenta años menos. Qué demonios, aún con esos 65 recién cumplidos que le caen sobre los hombros como un frío jarro de realidad, perdería la cabeza por él. Precisamente, la fiesta de celebración de tan significativo aniversario, en el ático con vistas al Coliseo en el que vive -como un marqués- el protagonista, es el punto de partida del filme, una genialidad en la que cada plano es una auténtica bendición para la retina y la porción cinematográfica del alma. Una exultante secuencia inicial que repasa los frívolos rostros con que Gambardella comparte su existencia nos adentra en el relato.

La gran bellezaJep vive de las rentas de una exitosa novela que escribió en su juventud y gasta las noches -y las mañanas- de fiesta en fiesta, corre que te corre el Martini, por las azoteas y garitos de moda de esa ciudad tan mundana como sobrenatural que es Roma, a la que llegó, mira tú qué cosas, con 26 añitos. Cínico, misántropo -como él mismo se define-, irónico y de hábitos banales, se dedica a entrevistar a artistas y a escribir críticas con una pluma tan afilada como su lengua. Tras su cumpleaños, a su alrededor se producen varios sucesos que le hacen replantearse el sentido de su vida, que ha gastado en buscar, sin éxito alguno, esa gran belleza a la que menta el título de la cinta. Se da cuenta de que lo único que ha encontrado ha sido la enorme nada. El vacío más absoluto.

¿Y qué hacer entonces, cuando son más los años a la espalda que los que esperan en el porvenir? ¿Cuando ya casi nada te sorprende y hasta Roma te ha decepcionado -síntoma inequívoco de que algo estás haciendo realmente mal, chaval-? ¿Cuando, por primera vez en mucho tiempo, sientes miedo? Miedo, y algo de pena por ti, que es la peor pena que uno puede sentir. A esas preguntas trata de dar respuesta Sorrentino en algo más de dos horas de película. Un aviso: que la brutal banda sonora no os haga perder el hilo de la narración. Qué suerte que el cineasta italiano haya sabido entrelazar de forma tan rutilante cada elemento que ha tenido a su alcance para dar forma a ‘La gran belleza’. Eso sí que es todo un arte.

No sabría decir qué es exactamente lo que convierte a ‘La gran belleza’ en una obra maestra, pero sí sé que hacía mucho que una película no conseguía hacerme pensar tanto, sobre mí y sobre lo que me rodea, y disfrutar en mi butaca. Y ese es el verdadero poder del cine. Ese, y el de hacerte querer comprar un vuelo para Roma ya mismo -prometo hacerlo con 26-. No paga a traidores y hace muy bien, ¡y qué insultantemente bonita es!

Tarde de teatro para los sentidos.

Dos montajes teatrales antagónicos visitaron Valladolid el pasado fin de semana. En el Centro Cultural Miguel Delibes recaló el sábado ‘La llamada’, el éxito inesperado de la temporada escrito y dirigido por dos jóvenes que comparten nombre, Javier, y llevan por apellidos Ambrossi y Calvo. También el sábado, y repitiendo el domingo, el Teatro Calderón abrió sus butacas y palcos a varios iconos de la interpretación patria que, bajo la batuta de un incansable José María Pou, pusieron en escena con contagiosa pasión ‘Los hijos de Kennedy’.

Macarena García protagoniza ‘La llamada’, un canto -y nunca mejor dicho- a duejarse llevar, a no arrepentirse de lo vivido, a la juventud y a la curiosidad, a perder el miedo a los cambios. Da vida a María, una muchacha de 17 años recluida durante el verano en un campamento cristiano perdido por tierras segovianas mal llamado ‘La Brújula’. Desde la litera de abajo, le acompaña en la desdicha su amiga del alma y del reggaeton, Susana, a la que da vida una alocada Anna Castillo que parece estar en estado de gracia bajo la cruz que pende sobre sus cabezas.

Con el lema ‘Lo hacemos y ya vemos’ como estandarte, las dos muchachas se beben la vida a tragos cortos -de Vodka-, ganándose a cada paso el cariño de Milagros -Belén Cuesta-, una joven monja que gasta sus veranos en el campamento, y desesperando a Sor Bernarda, espléndidamente interpretada por Gracia Olayo. Las intenciones de las chicas de pasar su estancia en ‘La Brújula’ escapándose cada noche para irse de fiesta se desvanecen cuando algo empieza a cambiar en su interior. A María, cuando duerme, se le aparece Dios -Richard Collins Moore- y le canta canciones de Whitney Houston. Susana se enamora, aunque no de la persona que ella hubiera esperado. A partir de ahí, ambas comienzan a replantearse su existencia, a preguntarse qué es lo que de verdad quieren. Y mientras tratan de encontrar su camino, nos dejan sobre el escenario momentos dulces, divertidos y entrañables.

‘La llamada’ es una comedia fresca en la que no falta la música -con boy band en directo incluida-, una obra tierna a la vez que satírica, una reflexión sobre la fe, sea en lo que sea. Sin desmerecer al guión, cuya calidad es propia más de unos veteranos que de unos recién estrenados en la dirección teatral, el punto fuerte de ‘La llamada’ es, sin duda, su reparto. Si bien es cierto que el peso del montaje recae en Macarena García, que lo hace mejor que bien, lo cierto es que sus tres compañeras se la comen sólo con mirarla. Inundan el escenario. Belén Cuesta tiene un potencial cómico que se le sale por los poros de la piel. Ana Castillo es descarada e intensa, tanto, que casi logra sobresalir en el elenco protagonista sobre Gracia Olayo, sin duda, la gran estrella de ‘La llamada’. Brillante como Sor Bernarda, borda cada una de sus intervenciones. Un lujo disfrutarla sobre las tablas en una historia que es una pompa.

‘Los hijos de Kennedy’ es, en cambio, un drama que ahonda en las frustraciones, en todos esos ‘lo que puedo haber sido y no fue’, en los fantasmas que todos, sin excepción, cargamos a la espalda. Maribel Verdú, Ariadna Gil y Emma Suárez son el trío de damas que protagonizan el montaje, adaptación de Pou de la obra homónima de Robert Patrick, estrenada en 1975. Junto a ellas, todo un caballero de la escena de nuestro país, Fernando Cayo, y un valor en alza, Álex García. Los cinco coinciden en un bar de mala muerte y cavilan ante el público sobre el devenir que tomaron sus vidas tras el asesinato de John Fitzgerald Kennedy en 1963. Sobre los tumultuosos años 60. Sobre el fin de una era que apenas había empezado.

Quedarse con uno de los cinco es tarea complicada. Imposible, diría. Incluso cuando callan, parecen hablarte también. Sus monólogos, espléndidamente trabados, se alternan durante casi dos horas de función en las que te sorprende lo fácil que te resulta creerte que son quienes fingen ser. Emma Suárez reluce en el papel de una secretaria algo chapada a la antigua para quien el matrimonio Kennedy era un símbolo de esperanza. Álex García te atrapa con su voz y su magnetismo, dando vida a un soldado atormentado tras la guerra de Vietnam. Ariadna Gil, una hippie desencantada, se mueve como pez en el agua sobre el escenario, ondeando su falda larga a ritmo de prosa. Maribel Verdú se mete en la piel de una aspirante a Marilyn Monroe,  a medio camino entre actriz y prostituta, con la que conquista al público apenas abre la boca por primera vez. Fernando Cayo hasta se permite el lujo de marcarse un número de claqué y embelesa al respetable interpretando a un actor gay sin oficio ni beneficio. El intérprete volvió al teatro más emblemático de su ciudad natal -que este 2014 celebra su 150 aniversario- y salió por la puerta grande. Todos lo hicieron.