Mi abuela y sus croquetas.

Es lunes. Me dan bastante pereza los lunes, en general. Siempre me resulta difícil despertarme los lunes. En realidad, también me pasa los martes y no te quiero ni contar los viernes, pero los lunes me pesa particularmente el cuerpo. Pero, en fin, no cuesta nada buscarle el lado bueno hasta a los lunes y yo se lo he encontrado a este: he tenido croquetas de mi abuela para comer. Creo que ella ya lo sabe, o lo intuye, al menos, pero debería recordarle que sus croquetas me alegran la vida. Que hacen que no me parezcan tan malos los lunes, con lo difícil que es mejorar un día que es una caquita por naturaleza, salvo raras excepciones o destellos de luz que te regala en algún momento de sus eternas 24 horas.

Desde que acabaron mis vacaciones de verano -ah, en vacaciones los lunes sí que molan bastante-, como en la oficina. La razón es que el día, sea lunes o jueves, da de sí lo que da, y que yo me he metido en muchos berenjenales en horario extra-laboral, así que la hora de comer de ‘hora’ tiene poco. Me pongo algún capítulo de alguna serie -¿qué hago yo con mi vida ahora que me he terminado ‘Sons of Anarchy’?- o me dedico a leer algún artículo o reportaje que tenía atrasado. Pero hoy, aquí estoy, dándole a la tecla, con el tupper vacío al lado, ya sin las croquetas de mi abuela, que gustosamente he ingerido. Considero que mis hermanos, mis primos, ahora mi sobrina también y yo misma somos unos privilegiados por habernos criado con esas croquetas. Cocretas, como dice ella.

Mi abuela es como deberían ser todas las abuelas: buena, generosa, dulce. Yo creo que nunca me ha reñido, o no me acuerdo. Me ha cuidado, me ha enseñado, me ha mimado. Aún lo hace. Mi abuela me ha hecho los mejores regalos, y no han sido, por supuesto, cosas materiales. Hasta me ha regalado su nombre. A veces, le cuento cosas de las que creo que no se está enterando ni de la mitad, pero pone cara de que todo lo que digo es muy interesante. Me he pasado media vida sentada en sus rodillas. Creo que no he visto llorar a mi abuela jamás. Mi abuela es fuerte, y un poco cabezota a veces. En eso, he salido a ella.

Cuando era pequeña, mi momento favorito del día (de la vida) era salir del cole y ver a mi abuela esperándome en la puerta. Siempre me decía que tenía las manos muy calentitas. Ahora siempre las tengo frías. Intento disimularlo, aunque creo que se me nota: me lleva a los demonios cuando alguien me quita MI sitio a su lado en las comidas o meriendas familiares. Me encanta hablar por teléfono con ella y que siempre se despida con un ‘ale’. Y cuando vamos juntas por la calle y le dice a alguien toda orgullosa: «Esta es mi nieta, la pequeña de mi hija la mayor». Yo también me siento muy orgullosa en ese momento: ese es un título que sólo ostento yo.

Mi abuela es esa mujer con la que me iba a andar todas las mañanas en el verano de mis 16 porque el médico me había puesto a dieta y tenía que moverme más, y antes de llegar a casa, me compraba un ocho de chocolate. Para eso están las abuelas, ¿no? Cuando yo nací, pesé muy poquito, aunque enseguida cogí los kilos que me faltaban (y alguno más, por si acaso, del que todavía estoy por librarme). Me he criado bien. Yo sé que la culpa es, en gran parte, de ella y sus croquetas. Y de aquellos ochos de chocolate.

Lo que más me gusta hacer en el mundo es hacer reír a mi abuela. Y lo que más me gusta que me digan es que me parezco a ella.

Las abuelas y sus croquetas deberían ser eternas.

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Resacón post-fiesta democrática.

No me entusiasma especialmente hablar de política. Primero, porque es un tema que me aburre bastante, la verdad, y más si es a nivel nacional. ¿No se os está haciendo interminable la resaca de la fiesta de la democracia? Segundo, porque creo que saca lo peor de cada uno y consigue que una tranquila conversación con amigos se convierta en discusión. Todavía no hemos aprendido a respetar lo que piensa el otro, y es un lastre que arrastramos desde tiempos inmemoriales. Y tercero, porque, como en muchos otros asuntos, considero que estoy bastante limitada. Tengo unos ideales que defiendo, como todo el mundo, y unas convicciones que pongo en práctica siempre que tengo ocasión, pero poco más. Argumentos que expongo llegado el caso, comentarios que no tolero y una galopante vergüenza ajena con la que carga mi espíritu crítico, pero estoy a años luz de considerar que saldré moral e intelectualmente ilesa si me meto en ciertos berenjenales.

bañoEso no quita que no disfrute ejerciendo mi derecho al voto. Lo hago, y mucho. Hoy, precisamente, se cumplen 128 años del nacimiento de Clara Campoamor. Ella y otras tantas lucharon tanto, tanto porque jovencitas como yo pudieran votar en tiempos de la República, que hoy no puedo más que ir radiante a depositar mi papeleta cuando toca. Me siento obligada como ciudadana. Y como mujer. Como no escondo a quién voto -aunque quisiera, se me ve venir-, mucha gente me ha soltado tras las últimas elecciones generales eso de: «¿Y no crees que has tirado a la basura tu voto?». ¿Por qué? ¿Por no habérselo dado a quienes iban más encarrilados en las encuestas? ¿Por no haber contribuido con mi voto a seguir dando alas al bipartidismo? Lo habría tirado a la basura si no hubiera ido a votar, o si hubiera votado a alguien en quien no creo. A alguien por quien no me siento representada. A alguien cuyos planteamientos no comparto, ni compartiré jamás. ¿Debí venderme por el cambio? Quizá, yo qué sé. Estoy un poco hartica de la cantinela del ‘voto útil’. ¿Útil para quién, exactamente?

Ayer me encontré el panorama de la foto cuando fui al baño en un bar de mi ciudad. Me hizo sonreír, la verdad. Pensé en todos los que me han preguntado si no siento que desperdicié mi voto. Sonreí otra vez, porque recordé que, aunque mi voto no ha cambiado nada (visto el panorama, ¿lo ha hecho el de alguien?), fui fiel a mí misma. Y tengo la conciencia tranquila por ello. Creo que es la mejor respuesta que puedo darles. Me pregunto si se sienten igual…

I dream of para-para-paradise…

Johnny Cash, al ser preguntado por su definición de paraíso

El concepto de paraíso es diferente para cada cual. Hay tantos paraísos como opiniones -como culos-, cada uno tiene el suyo. O unos cuantos. Para mí, el paraíso es una tarde en casa de mi abuela, con toda la  familia reunida, celebrando un cumpleaños o la Navidad, o simplemente que es domingo y hemos podido vaguear. Un coche con algunos de mis amigos dentro, en un trayecto, largo o corto, de esos en que se entremezclan las risas, la radio sonando y el ruido del intermitente (soy de las que disfrutan tanto en el camino como en el destino, incluso aunque vaya sola y esté montada cinco horas en un autocar; por eso siempre pido ventanilla). Creo que me gustan en especial los viajes en coche, sobre todo cuando no son en ciudad, porque no hay escapatoria: estáis tú y tus acompañantes y conversaciones que parecen hechas específicamente para ser mantenidas en un coche, y el resto del mundo queda lejos, muy lejos, de ese microuniverso.

Para mí, el paraíso es un festival de música, de los que duran cuatro días y tardas dos semanas en recuperarte. Algunos bares, con mis canciones preferidas sonando, una cerveza en la mano y algún colega colgando del otro brazo. Volver a casa después de estar fuera todo el día o sólo diez minutos, y, sobre todo, cuando vuelvo después de un viaje, y mi perro viene a recibirme como si hiciera un siglo que no me ve, con su pelota amarilla en la boca. 

Este es, más bien, un paraíso emocional, y esos son mis favoritos. Como el que describió Johnny Cash cuando le preguntaron por su definición del paraíso. ¿Acaso hay una descripción mejor de lo que es el amor? Joder, me cuesta imaginarlo. Pero no estamos hablando del amor, sino del paraíso. Me encantaría saber qué es para ti el paraíso. Si, para ti, personica que estás leyendo esto 🙂 

Sobre la normalidad y otras cualidades que no quiero para mí.

Requisitos para ser una persona normalTrabajo. Casa. Pareja. Aficiones. Vida social. Vida familiar. Ser feliz. Esos son los siete ‘Requisitos para ser una persona normal’ de los que habla Leticia Dolera en su ‘Requisitos para ser una persona normal’, que se estrenó en los cines hace unas semanas. Ella misma la protagoniza también, dando vida a María de las Montañas, una joven que llega a la treintena y se da cuenta de que su vida no es ni remotamente parecida a como se imaginaba que sería con tres décadas a las espaldas. De esos siete requisitos, no cumple ninguno. Aunque, claro, no tienen ninguna base científica, simplemente es una lista que ella misma elabora porque cree que es lo que necesita para encajar, porque cree que es lo que se espera de ella.

Salí del cine con una sonrisa, porque es una película sincera, tierna, con un guión al que es difícil poner algún pero, divertida también, simple en su argumento pero que te hace pararte a pensar. Creo que lo importante -lo necesario, lo imprescindible- de cualquier experiencia, incluso de las más simples, es que te deje cierto poso, y a mí me ha pasado con esta película. Me hizo reflexionar sobre aquello que me hace realmente feliz, que no es, seguramente, lo mismo que te hace feliz a ti

Dolera ha empleado un recurso maravilloso en su película: la presencia en el filme de Ikea, esa marca que aboga porque las casas de todos sean exactamente iguales las unas a las otras. Y quien dice las casas, dice los muebles del cerebro. En Ikea cada tornillo tiene su función, cada pieza encaja con otra, todo tiene su razón y su lugar. No hay un hueco para la sorpresa, para lo insólito. No nos damos cuenta, pero constantemente nos bombardean con productos, incluso con ideas, encaminados a conseguir que todos seamos réplicas de todos, por dentro y por fuera. Por eso, cuando aparece ante nosotros alguien que se sale de esos cánones que nos han metido con calzador, nos choca y, a menudo, mostramos cierto rechazo. El término ‘normal’ hoy en día representa mucho más que aquello que Dolera apunta en su película. No tiene sentido, ¿verdad? Toda la vida buscando ser diferentes, ser especiales, y resulta que ahora si te sales un pelín de los parámetros establecidos, ya no eres una persona normal, que significa precisamente eso: ser alguien exactamente igual que los demás, alguien que no sobresale, alguien que no destaca. ¿Alguien plano?

En serio, ¿quién quiere ser normal? Ayer tuve la oportunidad de ver a Asier Etxeandía en ‘El Intérprete’ y pronunció una de las frases más sabias que he escuchado en mucho tiempo: «Con vergüenza no se consiguen los sueños». Él, que es un ser extraordinario, Asir Etxeandía, ‘El Intérprete’ – ‘Volver’ + ‘Psychokiller’, deja estela allá por dónde va precisamente por eso, porque no es una persona normal. ‘Normal’ entendido como ‘común’. Imagino que no ha llegado a donde está precisamente por haberse rebajado a ser alguien ‘corriente’. Alguien ‘normal’ nunca saca los pies del tiesto ni abandona su zona de confort con frecuencia por miedo al qué será, será. Corrijo: fueron muchas las frases memorables que pronunció Etxeandía durante dos horas y media de puro espectáculo. Otra de las que me guardé fue esta: «Defiende tu sombrero por muy ridículo que parezca». En fin, a buen entendedor…

Yo tampoco cumplo todos los requisitos para ser una persona normal que Dolera enumera en la cinta. Pero sí el más importante: ser feliz. Tampoco sé si hoy en día eso es muy normal…

He cumplido 27 años. No tengo ninguna cualificación y, lo que es peor,

ningún talento especial. Además, tengo gustos que requieren,

como mínimo, 80.000 libras al año.

(‘Esnobs’, Julian Fellowes)

¡Que estaba de parranda…!

Hace algo más de tres meses que no me pasaba por aquí. Parece poco tiempo,en realidad. Sin embargo, me han pasado infinidad de cosas. Por ejemplo, me han detectado alergia a las gramíneas. Y al níquel. Para los que no lo sepáis, el níquel está en todas partes. En las monedas, en una simple cremallera. ¡Yuhu! Era más feliz cuando no lo sabía. A partir de ahora, si me queréis regalar joyas, que sean buenas. También he visto dos obras de teatro que me han marcado, ambas dirigidas por Sergio Peris-Mencheta: ‘Continuidad de los parques’, con un Luis Zahera en estado de gracia (me pirran su voz y su acento, no lo puedo evitar); y ‘Un trozo invisible de este mundo’, en la que Juan Diego Botto se marca cinco monólogos para el recuerdo (escritos por él mismo, by the way). Salir del teatro con el corazón tocado es maravilloso, me ocurrió en sendas ocasiones.

Las artes escénicas han sido protagonistas de estos tres meses de mi vida también por otra razón. Entre el 27 y el 31 de mayo se ha celebrado la décimo sexta edición del Festival Internacional de Teatro y Artes de Calle de Valladolid. Mi querido TAC. Apenas llevaba dos meses como becaria en mi empresa cuando me tocó ocuparme por primera vez de este festival prácticamente en solitario. Estaba, literalmente, acojonada. Sobreviví. Me enamoré irremediablemente. Este ha sido mi tercer TAC como responsable de comunicación -me sigue dando vértigo- y, sin duda, el más especial de todos. Lloré cuando se acabó. Me he guardado para mí infinidad de risas, nuevas caras amigas, una gran satisfacción por el trabajo realizado, un puñado de montajes que me han conquistado y un beso de Marc Pujol, miembro de Obskené, que nos dejaron disfrutar como enanos a mí y a cientos de pucelanos de esa genialidad que es ‘Fuenteovejuna. Breve tratado sobre las ovejas domésticas’.

Obskené - 'Fuenteovejuna. Breve tratado sobre las ovejas domésticas'

Obskené en el TAC 2015 con ‘Fuenteovejuna. Breve tratado sobre las ovejas domésticas’ (por Gerardo Sanz, fotógrafo oficial del festival)

No lloré, si soy sincera, cuando acabó otro encuentro que ha ocupado muchos de mis días desde la última vez que me dejé caer por aquí. Esta vez, una cita literaria, la 48 Feria del Libro de Valladolid, que me brindó la oportunidad de conocer a Julio Llamazares, JJ Armas Marcelo y Carlos Hernández de Miguel, entre otros, y de la que me llevé muchas nuevas letras para leer. No lloré por la sencilla razón de que no estaba aquí para verla concluir. Unos días antes de que terminara, me monté en un avión con cinco amigos rumbo a Turín, la ciudad en la que gastamos nueve meses de nuestras vidas hace ya unos cuantos años. Ay, la vida Erasmus, la vida mejor.

Fue extraño volver a aquella ciudad y comprobar que todo seguía tan igual y, a la vez, que todo era tan distinto. Bueno, quizá sólo éramos nosotros los diferentes, nuestras circunstancias, la mochila que llevábamos a la espalda esta vez paseando bajo los soportales de Via Po. Vimos la Sábana Santa, que sólo se muestra una vez cada diez años, vivimos el 1 de mayo a la italiana, compartimos con los turineses que la Juve ganaba la liga y descubrimos el cóctel definitivo, hecho a base de ron blanco, vodka, ginebra y licor de melón, que nos proporcionó una noche al más puro estilo Erasmus de la mano de un dj salido de vete a saber dónde que nos hizo bailar como locos. Cuatro días en Turín con esos cinco dan para mucho.

Turín

Mi viaje a tierras italianas me recuerda que ya tengo otro viaje entre manos. ¿El destino? ¡Marrakech! Será en septiembre. Quedan aún más de tres meses. Uff. Ah, y se me ha casado una prima y su boda derivó en la compra del abono para el Sonorama. Otro planazo para el verano. He visto a Serrat y a Sabina en concierto, también a La M.O.D.A., Marlango y Maika Makovski; me he leído, por fin, ‘El mundo’, de Juan José Millán (lectura obligada); he terminado mi primera manta hecha a ganchillo; mi sobrina ya dice mi nombre; he descubierto que sólo era cuestión de tiempo y de mucho comerlo que me gustara el guacamole; he vivido la rueda de prensa más divertida de mi vida gracias a Emilio Martínez-Lázaro (durante la 28 Semana de Cine de Medina, que me brindó también la oportunidad de conocer a Bárbara Lennie y Javier Gutiérrez); he superado nuevos retos… y he cumplido 27 años.

 

Sobre el amor y otros desastres.

500 days of SummerHace poco que volví a ver ‘500 days of Summer’ -‘(500) días juntos’ aquí en España-, una película que me gusta por muchos motivos. Principalmente, por la historia, claro, pero también porque Joseph Gordon-Levitt me provoca una ternura abrumadora en el papel de Tom, un muchacho que aún cree en el amor y, lo que es peor, aún cree en el destino. Un iluso. Lo cierto es que me atrae tanto su personaje porque yo, en el fondo, cojeo del mismo pie.

No sé si mi romanticismo incorregible es la causa de que siga soltera, pues aún no me he topado con la horma de mi zapato, tan sensiblero y soñador él. O a lo mejor es que mi karma está recreándose en regalarme relaciones que no llegan a ningún sitio porque tiene guardada para mí una historia de película con algún hombre guapo -guapísimo-, un moreno de ojos azules con una barba impecable, con dos hoyuelos bien plantados en la sonrisa; buena persona, claro, y que me haga reír; que sepa cocinar, porque si tengo que hacerlo yo, estamos apañados; que le guste ir al teatro y me lleve de conciertos; un hippie de corazón y tienda de campaña en los viajes; que se dedique a algo diametralmente opuesto a lo que me dedico yo y pueda enseñarme algo nuevo cada día; que no esté forrado pero que tampoco pase calamidades; que me acompañe a ver el mar cada verano. Lo que me merezco, vaya. Que tampoco pido tanto. Ni que fuera yo Sandra Bullock en ‘Prácticamente magia’ rogando por un hombre con un ojo verde y otro azul que sepa montar un ponny hacia atrás y dar la vuelta a las tortitas en el aire.

Aunque últimamente no veo más que manifestaciones ñoñas de amor a través de las Redes Sociales (qué majos y entregados somos todos de cara a la galería), estoy firmemente convencida de que ya quedamos pocos románticos de pro. Ahora que se acerca el 14 de febrero, me pregunto cómo hemos llegado a dejar que nos metan en la sesera que el día de los enamorados sólo es una vez al año. Quizá porque nos hemos acostumbrado a necesitar una excusa para un ‘te quiero’, para un plan especial o un abrazo que dure más de lo habitual. En realidad, nos hemos acostumbrado a necesitar una excusa para todo aquello que signifique salirse un pelín de la rutina. Ridículo, ¿no? Ya no sabemos regalar amor si no nos anima a ello El Corte Inglés, paquetito envuelto en papel verde mediante… 

Tu risa me hace libre,

me da alas. 

(Yo con algo así, con un Miguel Hernández, ya me conformo)

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No creo, como Tom, en que esté Cupido aguardando en alguna esquina para lanzarte a los brazos de la única persona que hay en el mundo para ti. Prueba de ello es que por tu vida no pasa tan sólo un amor, que te enamoras y luego te desenamoras, y entre medias vives experiencias inolvidables que, resulta, no habrías podido vivir con nadie más, ni siquiera con quien acabe compartiendo contigo casa, cama, retoños, la vejez. Porque cada momento tiene su aquel, y no quieres ni vives lo mismo con 20 años que con 27. Lo cierto es que cuando se acaba el amor, muchos acaban renegando también de lo vivido, y eso es tan triste. Yo he estado enamorada -hasta las trancas- y ya no lo estoy. Sin embargo, no habría podido elegir mejor compañía para el deambular de mis 19 a los 24. Y hoy sigo diciendo que no cambio por aquella época, que lo volvería a vivir ahora mismo con los ojos cerrados, que me sentí querida y fui feliz. No soy de las que se arrepienten del pasado. A fin de cuentas, si de aquellas no me parecía muy mala idea, será que no lo era. Y a lo hecho, pecho. Y un poco de ron, si es que cuesta pasar algún trago.

Respeto, y mucho, a las parejas que celebran San Valentín y esperan que llegue el día con más ilusión que un niño a los Reyes Magos. Sin embargo, querido karma, para ponértelo un poquito más fácil, te diré que a mí hombre no hace falta que le guste San Valentín. Pero, por favor, que lea a Ángel González. Con eso, basta. 

Si yo fuese Dios

podría repetirte y repetirte,

siempre la misma y siempre diferente,

sin cansarme jamás del juego idéntico,

sin desdeñar tampoco la que fuiste

por la que ibas a ser dentro de nada;

ya no sé si me explico, pero quiero

aclarar que si yo fuese

Dios, haría

lo posible por ser Ángel González

para quererte tal como te quiero,

para aguardar con calma

a que te crees tú misma cada día,

a que sorprendas todas las mañanas

la luz recién nacida con tu propia

luz, y corras

la cortina impalpable que separa

el sueño de la vida,

resucitándome con tu palabra…

La larga gala de nuestro cine.

Reconozco que hasta no hace mucho no era precisamente una defensora del cine español, pero una generación de directores y, sobre todo, de intérpretes entregados han conseguido reconciliarme con el séptimo arte patrio. Por eso ME ENCANTA disfrutar de la gala de entrega de los Premios Goya. Por eso y porque siempre hay un hueco para la reivindicación, para clamar por la Cultura, para declarar el amor por el cine -pese a todo y pese a algunos-. Por eso y porque compartirla con mis amigas vía Whatsapp, estemos donde estemos, es siempre sinónimo de risas, para qué os voy a engañar.

Ayer sábado, 7 de febrero, tuvo lugar la vigésimo novena edición de los premios y no falté a la cita, aunque sabía que iba a ser larga y, por momentos, más que aburrida. Tenía una favorita, como todos, y esa era ‘La isla mínima’, el peliculón que se ha marcado Albert Rodríguez. Hacía mucho que no disfrutaba tanto en una sala de cine como con esa cinta, que me tuvo abrazada al asiento de delante los últimos cuarenta minutos, tensionada por la trama, emocionada por esos dos monstruos de la pantalla que son Javier Gutiérrez y Raúl Arévalo y encandilada por sus planos. Así que comprenderéis que esté más que feliz por esos 10 galardones con los que el filme cerró una noche que será recordada también por el triunfo de la comedia: tres de los cuatro protagonistas de ‘Ocho apellidos vascos’ -está bien recordar de vez en cuando que es la película más taquillera de nuestro cine- se alzaron con los premios a los que estaban nominados.

El primero en subir a recogerlo fue Karra Elejalde como Mejor Actor de Reparto; me alegré por él, pues creo que es un actorazo y que hizo un papel más que meritorio, pero mi favorito era Antonio de la Torre -SIEMPRE es mi favorito-, una gran pena que también este año se haya ido de vacío. Después llegó el turno de , Carmen Machi, que se llevó el premio femenino en la misma categoría. Me pasa un poco como con Elejalde, en la película lo borda, pero no sé si tanto como para el Goya. Y, por último, el maestro de ceremonias, Dani Rovira -salvó la noche, estuvo aceptable-, recogió el cabezón al Mejor Actor Revelación, previo besazo de su chica, Clara Lago, la única del elenco de la cinta que no estaba nominada. A ella le dedicó el premio, por supuesto, y yo quise ser ella por un rato, ¡fue tan bonito!

La verdad es que en una gala en la que siempre falla el guión -sobre todo por esos números musicales que dan vergüenza ajena y algunos chistes forzados que hacen poquita o ninguna gracia-, los agradecimientos por parte de los premiados son siempre lo mejor. De anoche, me quedo con el de un emocionado Elejalde; con el de Machi, que se lo dedicó a la gran Amparo Baró; con el de Javier Gutiérrez, claro, que se acordó de Arévalo, su compañero de película y su rival en prácticamente todos los premios; con el de Nerea Barros, que no se lo creía, y se acordó de su amiga Nora, que siempre le decía que ganaría un Goya, y destacó que por fin el cine español ha roto la barrera que lo separaba de su público; y, por supuesto, con el de Antonio Banderas al recoger el Goya de Honor. No es precisamente santo de mi devoción -más bien todo lo contrario-, pero se marcó un discurso épico.

Javier Gutiérrez

Destacaría muchas cosas que no me gustaron de la gala -¿para empezar, qué se había fumado el realizador?-, pero voy a señalar sólo una: la actuación de Miguel Poveda. Si el pobre Miguel Hernández hubiera escuchado ese destrozo que le hizo a ‘Para la libertad’… Seguro que a Serrat también le provocó una úlcera. Bah, voy a decir otra cosa más, no me la puedo callar: el excesivo protagonismo de Penélope Cruz, el pretendido y el otorgado. Sinceramente, como actriz me parece que tiene mucho que mejorar, así que entiendo que simplemente se le ha otorgado el título de estrella independientemente de cómo lo haga. Se podía haber elegido a cualquier otra, pero se la eligió a ella. Es como Banderas pero en femenino. Llegó cuando había que llegar… y ya nadie la apea de ahí.

Sin embargo, creo que en este país tenemos intérpretes femeninas mucho más valiosas y con muchísimo más talento a las que se deja en segundo plano -o en un tercero, un cuarto, un quinto… o se vuelven casi invisible-. Inma Cuesta es una de ellas -para mí, la gran olvidada de estos premios-. Por mencionar a alguna más, tenemos a Marián Álvarez, Candela Peña, María León, Ariadna Gil, Marta Etura o la propia Bárbara Lennie, que se llevó el premio a Mejor Actriz Protagonista. Más nos valdría apostar un poco por ellas… Y seguir por el camino que se está marcando, parece que lleva a buen puerto. ¡Y que viva el cine! 

¡Ah! En estos casos es casi obligado hablar de mis ‘favoritas de la alfombra roja’. Era rosa, en realidad. Pues me quedo con Inma Cuesta, Cayetana Guillén Cuervo, Andrea Duró y Juana Acosta. Esta última, por cierto, ¿por qué dejó salir de casa a su señor, Mr. Alterio, con ese pelo? ¿Eh, por qué? Por otro lado, habría que desterrar del planeta el bolso de Macarena Gómez y el vestido de María León, pero esa ya es otra historia. 

Reunión de antiguos alumnos.

De esto que hace un par de semanas entro en Facebook y me encuentro con una invitación para unirme a un grupo con el que un antiguo compañero de colegio buscaba juntar, aunque fuera virtualmente, a los adultos en que se han convertido los niños con los que una vez compartió pupitre, un balón de fútbol amarillo y los ‘Doña Mila, por favor, ¿puedo coger el lápiz?’ que repetíamos en 1º y 2º de Primaria como auténticos loros. Doña Mila llevaba siempre unos anillos muy grandes y nos guardaba en una caja de galletas de hojalata gomas de borrar (de las cuadradas de Milán, el resto no valían) con nuestros nombres escritos con bolígrafo azul, gomas que obligaba a comprar a nuestros padres a principios de curso y ella nos iba racionando de septiembre a junio. Es curioso de las cosas que se acuerda uno cuando se hace mayor. También recuerdo que una vez hizo que todos mis compañeros me aplaudieran por una redacción que escribí, y quizá fue ese día cuando empecé a querer contar historias.

En fin, que me desvío. El caso es que acepté la invitación, animada porque también andaba por ahí metido mi mejor amigo de entonces, que sigue siendo uno de los mejores de ahora. Me interesé por ver quién más pululaba por el grupo y me encontré con algunos nombres impronunciables (esa moda de ocultar tu nombre en RRSS pero compartir toda tu vida en general) y caras que juraría no haber visto en la vida. Los años no han pasado en balde para nadie, desde luego. Lo cierto es que me generó sentimientos encontrados verme de lleno ese viaje en el tiempo, me vino la nostalgia de golpe, me dio pena haberme hecho mayor (aunque esa es una sensación que experimento por un ratito casi todos los días).

Infancia

No es mi mejor foto -¿qué estaría diciendo?- pero me provoca tanta ternura… María era una profe muy TOP :’)

Ya queda muy lejos todo lo que pasamos juntos. Los cumpleaños en el McDonald’s recién abierto -y el calambre que daba ese tobogán-, las fiestas de fin de curso con aquella orquesta que nos descubrió ese hit verbenero inigualable que es ‘La ventanita del amor’, las obras de teatro en aquel escenario con el suelo de madera, las guerras de globos de agua cuando llegaba el verano y nos despedíamos por tres meses, los partidos de béisbol en la clase de Gimnasia. ¡Nuestros equipos de futbito! Se me había olvidado por completo que una vez formé parte de un equipo de fútbol -guardo una medalla que lo atestigua-, y lo orgulloso que mi padre me llevaba a los partidos los sábados por la mañana, y que el padre de Alberto hacía de árbitro muchas veces, lo cual explica por qué su equipo ganaba siempre (no es que fueran mejores, no). Tampoco me acordaba de cuando en el recreo jugábamos a que los chicos eran perritos y las chicas éramos sus dueñas. Algún psicólogo infantil habría tenido mucho que decir de habernos visto en aquella tesitura, supongo.

Cuando -siempre después de demasiado tiempo- me reencuentro con mi amiga Clara, junto a la que he crecido en la distancia, acabamos recordando alguna historia de nuestra niñez y nos descubrimos diciendo la misma frase: qué suerte hemos tenido, qué felices hemos sido, qué infancia tan bonita. Y es verdad. De aquellos años me guardo tres colegas que espero me acompañen hasta que sea viejita; un herbario en una carpetilla azul; los exámenes de 5º con Doña Cheli, en papel cuadriculado y cada uno escrito en un color diferente; decir las preposiciones de carrerilla; la frustración de haber visitado el parque de bomberos sin acabar de lleno en una fiesta de la espuma, como todos los niños de Valladolid, porque ese día hubo un incendio en La Cistérniga y se tuvieron que ir pitando; un incomprensible amor por los signos de puntuación y las esdrújulas; el recuerdo de aquel obrero que nos acompañó en el recreo durante meses arreglando el tejado y que se parecía a Nick Carter; algunas hojitas de cambiar y la canica que nos regaló el Gigante Patigrande. Quién tuviera siete años otra vez, ¿eh? La vida fácil, la sonrisa perenne, todo el futuro por delante…

Me pregunto qué dirían aquellos niños de quienes somos hoy. ¿Qué diría Doña Mila? Prometo que la próxima vez que me la cruce por la calle, me pararé a hablar con ella, y le diré que no he conseguido dejar de morderme las uñas -una batalla perdida-, como tantas veces intentó, pero que he logrado algunas otras buenas cosas. Y que me acuerdo de ella a menudo. Y que me voy a acordar siempre.