Mi abuela y sus croquetas.

Es lunes. Me dan bastante pereza los lunes, en general. Siempre me resulta difícil despertarme los lunes. En realidad, también me pasa los martes y no te quiero ni contar los viernes, pero los lunes me pesa particularmente el cuerpo. Pero, en fin, no cuesta nada buscarle el lado bueno hasta a los lunes y yo se lo he encontrado a este: he tenido croquetas de mi abuela para comer. Creo que ella ya lo sabe, o lo intuye, al menos, pero debería recordarle que sus croquetas me alegran la vida. Que hacen que no me parezcan tan malos los lunes, con lo difícil que es mejorar un día que es una caquita por naturaleza, salvo raras excepciones o destellos de luz que te regala en algún momento de sus eternas 24 horas.

Desde que acabaron mis vacaciones de verano -ah, en vacaciones los lunes sí que molan bastante-, como en la oficina. La razón es que el día, sea lunes o jueves, da de sí lo que da, y que yo me he metido en muchos berenjenales en horario extra-laboral, así que la hora de comer de ‘hora’ tiene poco. Me pongo algún capítulo de alguna serie -¿qué hago yo con mi vida ahora que me he terminado ‘Sons of Anarchy’?- o me dedico a leer algún artículo o reportaje que tenía atrasado. Pero hoy, aquí estoy, dándole a la tecla, con el tupper vacío al lado, ya sin las croquetas de mi abuela, que gustosamente he ingerido. Considero que mis hermanos, mis primos, ahora mi sobrina también y yo misma somos unos privilegiados por habernos criado con esas croquetas. Cocretas, como dice ella.

Mi abuela es como deberían ser todas las abuelas: buena, generosa, dulce. Yo creo que nunca me ha reñido, o no me acuerdo. Me ha cuidado, me ha enseñado, me ha mimado. Aún lo hace. Mi abuela me ha hecho los mejores regalos, y no han sido, por supuesto, cosas materiales. Hasta me ha regalado su nombre. A veces, le cuento cosas de las que creo que no se está enterando ni de la mitad, pero pone cara de que todo lo que digo es muy interesante. Me he pasado media vida sentada en sus rodillas. Creo que no he visto llorar a mi abuela jamás. Mi abuela es fuerte, y un poco cabezota a veces. En eso, he salido a ella.

Cuando era pequeña, mi momento favorito del día (de la vida) era salir del cole y ver a mi abuela esperándome en la puerta. Siempre me decía que tenía las manos muy calentitas. Ahora siempre las tengo frías. Intento disimularlo, aunque creo que se me nota: me lleva a los demonios cuando alguien me quita MI sitio a su lado en las comidas o meriendas familiares. Me encanta hablar por teléfono con ella y que siempre se despida con un ‘ale’. Y cuando vamos juntas por la calle y le dice a alguien toda orgullosa: «Esta es mi nieta, la pequeña de mi hija la mayor». Yo también me siento muy orgullosa en ese momento: ese es un título que sólo ostento yo.

Mi abuela es esa mujer con la que me iba a andar todas las mañanas en el verano de mis 16 porque el médico me había puesto a dieta y tenía que moverme más, y antes de llegar a casa, me compraba un ocho de chocolate. Para eso están las abuelas, ¿no? Cuando yo nací, pesé muy poquito, aunque enseguida cogí los kilos que me faltaban (y alguno más, por si acaso, del que todavía estoy por librarme). Me he criado bien. Yo sé que la culpa es, en gran parte, de ella y sus croquetas. Y de aquellos ochos de chocolate.

Lo que más me gusta hacer en el mundo es hacer reír a mi abuela. Y lo que más me gusta que me digan es que me parezco a ella.

Las abuelas y sus croquetas deberían ser eternas.

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2 comentarios en “Mi abuela y sus croquetas.

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