Marrakech, el fascinante tesoro rojo del Magreb (I)

Me suelen flipar los anuncios de Ikea, lo reconozco, pero no estoy de acuerdo con el slogan de su última campaña: ‘Nada como el hogar para amueblarnos la cabeza’. En mi opinión, no hay nada como salir del hogar para abrir nuestra mente, construir en ella unos tabiques más firmes y llenarla de detalles irrepetibles, de los que no pueden comprarse en grandes superficies ni encontrarás exactamente iguales sobre los hombros del vecino. De los que no tiene precio, vaya. Este septiembre he tachado de mi lista de ciudades por visitar la sorprendente e inagotable Marrakech. Me apasiona conocer lugares en que el contraste cultural con mi país de origen es tan brutal, por lo que he disfrutado de este viaje como una auténtica enana. He vuelto totalmente enamorada de una ciudad que parece regirse sin ley alguna y en la que el caos y la agitación están a la orden del día. Ciudad no apta para almas que busquen un poquito de tranquilidad. Sí para quienes, como yo, busquen la desconexión más absoluta, porque Marrakech te absorbe por completo en cuanto pones un pie en ella, en cuanto te aventuras a cruzar los muros rojizos de su medina. Eso es lo que la hace tan maravillosa. 

Plaza Jemma El Fna

Sin duda, uno de los grandes aciertos del viaje ha sido el alojamiento. Quería que fuera un riad (antiguas casonas reconvertidas en hoteles de semilujo) y no un hotel común, fácil de encontrar en cualquiera otra ciudad del mundo. Quería ser invadida por el Marruecos más auténtico incluso mientras dormía. Buscando y buscando por Internet, di con una joyita: el riad Dar Al Kounouz, regentado por un francés llamado Dominique. Me sorprendió no encontrar ni un solo comentario negativo en TripAdvisor, ¡con lo que nos gusta criticar (en todo el mundo, en general, y en España, en particular)! Así que tras valorar otras opciones, me lancé a reservar.

Desayuno en Dar Al KounouzLa verdad es que creo que no podríamos haber elegido mejor. No sabría con qué quedarme: si con la ubicación, a 10-15 minutos de la plaza Jemaa El Fna, eje de la vida en Marrakech (a la que se llega siguiendo dos calles rectas desde el riad, por lo que el camino es hipersencillo); el fantástico precio, ya que por cinco noches pagamos dos personas 250 euros en total; esas habitaciones tan bonitas y plagadas de detalles; la exquisita decoración, árabe 100×100; el precioso patio central y la azotea; el delicioso desayuno, incluido en el precio… Además, nos ofrecían servicio de traslado desde el aeropuerto hasta el riad y viceversa, para el día de vuelta, por tan sólo 15 euros trayecto. Bueno, sí sé con qué me quedaría, porque al final, vayas donde vayas, lo mejor que te encuentras son siempre las personas. Youssef y Zacarías, los dos empleados de Dominique, se portan de 10 con nosotras, al igual que el propio dueño. Los dos primeros días estábamos solas en el riad, así que nos sentimos como unas reinas. Es que éramos sus reinas, en realidad.

Minarete de KoutoubiaSí, fuimos solas dos chicas y hemos vuelto sanas, salvas y felices. No faltaron -sobraron, de hecho- comentarios en las semanas previas en alusión a este hecho: que si cómo vais dos chicas solas, que si a ver si os va a pasar algo, que si no salgáis por la noche, que si no habléis con nadie, que si no se os ocurra alejaros nunca jamás del perímetro de vuestra casa, no sea que corráis el riesgo de que se os despeine el flequillo o, peor aún, de vivir un poco… Pues qué puedo decir: hablé con todo perro pichichi, salí por la noche y me mezclé con los locales, y eso ha sido lo más emocionante de este viaje y lo que ha dado lugar a las mejores anécdotas. Quizá sea porque no me cuesta en exceso adaptarme a ambientes a los que no estoy habituada, pero lo cierto es que en ningún momento me sentí desprotegida por ir sin un hombretón al lado.

Uno de esos no podría haberme salvado de ser arrollada por alguna de las miles de motocicletas que circulan por la medina, pese a tenerlo prohibido, y no lo habría necesitado para nada más. Claro que me pararon cada dos pasos para intentar venderme algo o simplemente para echarme un piropo, pero, llamadme temeraria, hasta el momento defenderme de eso yo solita. La verdad es que lo disfruté. Son zalameros por naturaleza, y si a eso le sumas que mi persona ha tenido un éxito arrollador sin precedentes (que ya quisiera tener en Europa) en la ciudad,  el resultado es… Exacto: volver a casa con la autoestima allá por las nubes. ¡Shukran, Marrakech! 😉

Haciendo memoria, me doy cuenta de que no hablé con ninguna mujer, más que con Fátima, que trabaja en la limpieza del riad, y una de las cocineras del puesto en que solíamos cenar en Jemma El Fna. Y con la chica que nos vendió la entrada en la Maison de la Photographie. En los zocos trabajan sólo hombres, o, al menos, es la impresión con la que me he vuelto a casa. Facilita mucho las cosas el hecho de que casi todos chapurrean inglés y/o español (además de japonés, alemán, italiano, euskera y catalán si es preciso…), lo que hace más fácil que les expliques que no estás interesado en esos variopintos productos -que van desde babuchas hasta especias, pasando por artículos de piel, joyas, lámparas, teteras y hasta camaleones- que tratan de venderte o que te están molestando, si se da el caso. 

Zocos de Marrakech

Este viaje ha sido una auténtica experiencia para todos mis sentidos y, sobre todo, para mi espíritu. Podría contar mil cosas más y… lo haré 🙂 

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4 comentarios en “Marrakech, el fascinante tesoro rojo del Magreb (I)

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