Sobre la normalidad y otras cualidades que no quiero para mí.

Requisitos para ser una persona normalTrabajo. Casa. Pareja. Aficiones. Vida social. Vida familiar. Ser feliz. Esos son los siete ‘Requisitos para ser una persona normal’ de los que habla Leticia Dolera en su ‘Requisitos para ser una persona normal’, que se estrenó en los cines hace unas semanas. Ella misma la protagoniza también, dando vida a María de las Montañas, una joven que llega a la treintena y se da cuenta de que su vida no es ni remotamente parecida a como se imaginaba que sería con tres décadas a las espaldas. De esos siete requisitos, no cumple ninguno. Aunque, claro, no tienen ninguna base científica, simplemente es una lista que ella misma elabora porque cree que es lo que necesita para encajar, porque cree que es lo que se espera de ella.

Salí del cine con una sonrisa, porque es una película sincera, tierna, con un guión al que es difícil poner algún pero, divertida también, simple en su argumento pero que te hace pararte a pensar. Creo que lo importante -lo necesario, lo imprescindible- de cualquier experiencia, incluso de las más simples, es que te deje cierto poso, y a mí me ha pasado con esta película. Me hizo reflexionar sobre aquello que me hace realmente feliz, que no es, seguramente, lo mismo que te hace feliz a ti

Dolera ha empleado un recurso maravilloso en su película: la presencia en el filme de Ikea, esa marca que aboga porque las casas de todos sean exactamente iguales las unas a las otras. Y quien dice las casas, dice los muebles del cerebro. En Ikea cada tornillo tiene su función, cada pieza encaja con otra, todo tiene su razón y su lugar. No hay un hueco para la sorpresa, para lo insólito. No nos damos cuenta, pero constantemente nos bombardean con productos, incluso con ideas, encaminados a conseguir que todos seamos réplicas de todos, por dentro y por fuera. Por eso, cuando aparece ante nosotros alguien que se sale de esos cánones que nos han metido con calzador, nos choca y, a menudo, mostramos cierto rechazo. El término ‘normal’ hoy en día representa mucho más que aquello que Dolera apunta en su película. No tiene sentido, ¿verdad? Toda la vida buscando ser diferentes, ser especiales, y resulta que ahora si te sales un pelín de los parámetros establecidos, ya no eres una persona normal, que significa precisamente eso: ser alguien exactamente igual que los demás, alguien que no sobresale, alguien que no destaca. ¿Alguien plano?

En serio, ¿quién quiere ser normal? Ayer tuve la oportunidad de ver a Asier Etxeandía en ‘El Intérprete’ y pronunció una de las frases más sabias que he escuchado en mucho tiempo: «Con vergüenza no se consiguen los sueños». Él, que es un ser extraordinario, Asir Etxeandía, ‘El Intérprete’ – ‘Volver’ + ‘Psychokiller’, deja estela allá por dónde va precisamente por eso, porque no es una persona normal. ‘Normal’ entendido como ‘común’. Imagino que no ha llegado a donde está precisamente por haberse rebajado a ser alguien ‘corriente’. Alguien ‘normal’ nunca saca los pies del tiesto ni abandona su zona de confort con frecuencia por miedo al qué será, será. Corrijo: fueron muchas las frases memorables que pronunció Etxeandía durante dos horas y media de puro espectáculo. Otra de las que me guardé fue esta: «Defiende tu sombrero por muy ridículo que parezca». En fin, a buen entendedor…

Yo tampoco cumplo todos los requisitos para ser una persona normal que Dolera enumera en la cinta. Pero sí el más importante: ser feliz. Tampoco sé si hoy en día eso es muy normal…

He cumplido 27 años. No tengo ninguna cualificación y, lo que es peor,

ningún talento especial. Además, tengo gustos que requieren,

como mínimo, 80.000 libras al año.

(‘Esnobs’, Julian Fellowes)

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¡Que estaba de parranda…!

Hace algo más de tres meses que no me pasaba por aquí. Parece poco tiempo,en realidad. Sin embargo, me han pasado infinidad de cosas. Por ejemplo, me han detectado alergia a las gramíneas. Y al níquel. Para los que no lo sepáis, el níquel está en todas partes. En las monedas, en una simple cremallera. ¡Yuhu! Era más feliz cuando no lo sabía. A partir de ahora, si me queréis regalar joyas, que sean buenas. También he visto dos obras de teatro que me han marcado, ambas dirigidas por Sergio Peris-Mencheta: ‘Continuidad de los parques’, con un Luis Zahera en estado de gracia (me pirran su voz y su acento, no lo puedo evitar); y ‘Un trozo invisible de este mundo’, en la que Juan Diego Botto se marca cinco monólogos para el recuerdo (escritos por él mismo, by the way). Salir del teatro con el corazón tocado es maravilloso, me ocurrió en sendas ocasiones.

Las artes escénicas han sido protagonistas de estos tres meses de mi vida también por otra razón. Entre el 27 y el 31 de mayo se ha celebrado la décimo sexta edición del Festival Internacional de Teatro y Artes de Calle de Valladolid. Mi querido TAC. Apenas llevaba dos meses como becaria en mi empresa cuando me tocó ocuparme por primera vez de este festival prácticamente en solitario. Estaba, literalmente, acojonada. Sobreviví. Me enamoré irremediablemente. Este ha sido mi tercer TAC como responsable de comunicación -me sigue dando vértigo- y, sin duda, el más especial de todos. Lloré cuando se acabó. Me he guardado para mí infinidad de risas, nuevas caras amigas, una gran satisfacción por el trabajo realizado, un puñado de montajes que me han conquistado y un beso de Marc Pujol, miembro de Obskené, que nos dejaron disfrutar como enanos a mí y a cientos de pucelanos de esa genialidad que es ‘Fuenteovejuna. Breve tratado sobre las ovejas domésticas’.

Obskené - 'Fuenteovejuna. Breve tratado sobre las ovejas domésticas'

Obskené en el TAC 2015 con ‘Fuenteovejuna. Breve tratado sobre las ovejas domésticas’ (por Gerardo Sanz, fotógrafo oficial del festival)

No lloré, si soy sincera, cuando acabó otro encuentro que ha ocupado muchos de mis días desde la última vez que me dejé caer por aquí. Esta vez, una cita literaria, la 48 Feria del Libro de Valladolid, que me brindó la oportunidad de conocer a Julio Llamazares, JJ Armas Marcelo y Carlos Hernández de Miguel, entre otros, y de la que me llevé muchas nuevas letras para leer. No lloré por la sencilla razón de que no estaba aquí para verla concluir. Unos días antes de que terminara, me monté en un avión con cinco amigos rumbo a Turín, la ciudad en la que gastamos nueve meses de nuestras vidas hace ya unos cuantos años. Ay, la vida Erasmus, la vida mejor.

Fue extraño volver a aquella ciudad y comprobar que todo seguía tan igual y, a la vez, que todo era tan distinto. Bueno, quizá sólo éramos nosotros los diferentes, nuestras circunstancias, la mochila que llevábamos a la espalda esta vez paseando bajo los soportales de Via Po. Vimos la Sábana Santa, que sólo se muestra una vez cada diez años, vivimos el 1 de mayo a la italiana, compartimos con los turineses que la Juve ganaba la liga y descubrimos el cóctel definitivo, hecho a base de ron blanco, vodka, ginebra y licor de melón, que nos proporcionó una noche al más puro estilo Erasmus de la mano de un dj salido de vete a saber dónde que nos hizo bailar como locos. Cuatro días en Turín con esos cinco dan para mucho.

Turín

Mi viaje a tierras italianas me recuerda que ya tengo otro viaje entre manos. ¿El destino? ¡Marrakech! Será en septiembre. Quedan aún más de tres meses. Uff. Ah, y se me ha casado una prima y su boda derivó en la compra del abono para el Sonorama. Otro planazo para el verano. He visto a Serrat y a Sabina en concierto, también a La M.O.D.A., Marlango y Maika Makovski; me he leído, por fin, ‘El mundo’, de Juan José Millán (lectura obligada); he terminado mi primera manta hecha a ganchillo; mi sobrina ya dice mi nombre; he descubierto que sólo era cuestión de tiempo y de mucho comerlo que me gustara el guacamole; he vivido la rueda de prensa más divertida de mi vida gracias a Emilio Martínez-Lázaro (durante la 28 Semana de Cine de Medina, que me brindó también la oportunidad de conocer a Bárbara Lennie y Javier Gutiérrez); he superado nuevos retos… y he cumplido 27 años.