¿Y si el Prado tocara siempre?

Ayer leí en El País que un cuadro de Paul Gauguin, ‘Nafea Faa Ipoipo’, es, seguramente, la obra de arte más cara de la historia. De tener dinero -muchísimo dinero-, yo habría pagado por algún otro cuadro los 300 millones de dólares que se han pagado por este. No tengo un cuadro favorito, sino unos cuantos (el que más, ‘El matrimonio Arnolfini’, de Van Eyck), así que sé muy bien cuáles formarían mi pinacoteca particular. Recientemente se han sumado a la lista unas cuantas obras que descubrí el mes pasado cuando visité el Museo del Prado. Lo que me lleva a otro asunto que llamó mi atención hace unas semanas.

Cuando me siento en el sofá frente al televisor para ver algún informativo, siempre albergo cierta esperanza de que no todo sean malas noticias. Casi siempre mis expectativas no llegan a buen puerto, pero ocurre de vez en cuando que el mundo -y, sobre todo, esta España nuestra- te sorprende. Justamente eso me pasó cuando me enteré de que el Museo del Prado inauguraba una exposición muy especial, ‘Hoy toca el Prado’ -que podrá visitarse hasta junio-, formada por reproducciones de seis de sus obras más emblemáticas adaptadas para que personas invidentes o con visión reducida puedan verlas a través del tacto. Creo que con frecuencia se nos olvida que la Cultura no debe ser un lujo -aunque haya quien se empeñe en ello- y que ha de ser accesible para todos los públicos, independientemente de sus características o necesidades. Por eso, aplaudo la iniciativa del Museo del Prado, esperando que no quede sólo en algo anecdótico y que sea una práctica más habitual. Igual que se invierten recursos y esfuerzos en acercar la Cultura al público infantil, por ejemplo, considero que es también importante apostar por públicos más creciditos en años pero igualmente ávidos de consumir Cultura. T.S. Elliot dijo que «la Cultura es todo aquello que hace de la vida algo digno de ser vivido»; ¿no merecemos todos tenerla a nuestra alcance?

El caballero de la mano en el pechoUna de las obras que forman parte de la exposición es ‘El caballero de la mano en el pecho’, de El Greco. Sí, gustosamente lo tendría colgado en mi salón. Completan la lista ‘La fragua de Vulcano’, de Velázquez; ‘Noli me tangere’, de Correggio; ‘El quitasol’, de Goya; ‘La Gioconda’, del taller de Leonardo Da Vinci; y ‘Bodegón con alcachofas, flores y recipientes de vidrio’, de Juan an der Hamen y León. La verdad es que yo había sumado a la lista otras cuantas. Por ejemplo, alguno de Vicente López (este fue, sin duda, el que más me gustó), también de Joaquín Sorolla, Raimundo de Madrazo (¿no es una pasada?) y Antonio Muñoz Degrain.

La verdad es que me quedé embobada con un montón de cuadros del Prado: todos los Velázquez que alberga el museo, desde ‘La rendición de Breda’ hasta ‘Las hilanderas’; ‘Las tres gracias’, de Rubens; el retrato de ‘Gaspar Melchor de Jovellanos’, de Goya; ‘Doña Isabel la Católica dictando su testamento’, de Eduardo Rosales; ‘Retrato de niña con fondo de paisaje’, de Carlos Luis Ribera; y un montón más. Aunque mi gran descubrimiento fue, sin duda, ‘Fusilamiento de Torrijos y sus compañeros en las playas de Málaga’, de Antonio Gisbert. Me impresionaron las expresiones de cada personaje, sus gestos y la intensidad de la escena al completo. Qué tontería, no me había parado a pensar en lo afortunada que soy por poder contemplar maravillas como esta, por poder decir que tengo cuadros favoritos. 

Fusilamiento de Torrijos y sus compañeros en las playas de Málaga

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