Sobre el amor y otros desastres.

500 days of SummerHace poco que volví a ver ‘500 days of Summer’ -‘(500) días juntos’ aquí en España-, una película que me gusta por muchos motivos. Principalmente, por la historia, claro, pero también porque Joseph Gordon-Levitt me provoca una ternura abrumadora en el papel de Tom, un muchacho que aún cree en el amor y, lo que es peor, aún cree en el destino. Un iluso. Lo cierto es que me atrae tanto su personaje porque yo, en el fondo, cojeo del mismo pie.

No sé si mi romanticismo incorregible es la causa de que siga soltera, pues aún no me he topado con la horma de mi zapato, tan sensiblero y soñador él. O a lo mejor es que mi karma está recreándose en regalarme relaciones que no llegan a ningún sitio porque tiene guardada para mí una historia de película con algún hombre guapo -guapísimo-, un moreno de ojos azules con una barba impecable, con dos hoyuelos bien plantados en la sonrisa; buena persona, claro, y que me haga reír; que sepa cocinar, porque si tengo que hacerlo yo, estamos apañados; que le guste ir al teatro y me lleve de conciertos; un hippie de corazón y tienda de campaña en los viajes; que se dedique a algo diametralmente opuesto a lo que me dedico yo y pueda enseñarme algo nuevo cada día; que no esté forrado pero que tampoco pase calamidades; que me acompañe a ver el mar cada verano. Lo que me merezco, vaya. Que tampoco pido tanto. Ni que fuera yo Sandra Bullock en ‘Prácticamente magia’ rogando por un hombre con un ojo verde y otro azul que sepa montar un ponny hacia atrás y dar la vuelta a las tortitas en el aire.

Aunque últimamente no veo más que manifestaciones ñoñas de amor a través de las Redes Sociales (qué majos y entregados somos todos de cara a la galería), estoy firmemente convencida de que ya quedamos pocos románticos de pro. Ahora que se acerca el 14 de febrero, me pregunto cómo hemos llegado a dejar que nos metan en la sesera que el día de los enamorados sólo es una vez al año. Quizá porque nos hemos acostumbrado a necesitar una excusa para un ‘te quiero’, para un plan especial o un abrazo que dure más de lo habitual. En realidad, nos hemos acostumbrado a necesitar una excusa para todo aquello que signifique salirse un pelín de la rutina. Ridículo, ¿no? Ya no sabemos regalar amor si no nos anima a ello El Corte Inglés, paquetito envuelto en papel verde mediante… 

Tu risa me hace libre,

me da alas. 

(Yo con algo así, con un Miguel Hernández, ya me conformo)

_________________________________________

No creo, como Tom, en que esté Cupido aguardando en alguna esquina para lanzarte a los brazos de la única persona que hay en el mundo para ti. Prueba de ello es que por tu vida no pasa tan sólo un amor, que te enamoras y luego te desenamoras, y entre medias vives experiencias inolvidables que, resulta, no habrías podido vivir con nadie más, ni siquiera con quien acabe compartiendo contigo casa, cama, retoños, la vejez. Porque cada momento tiene su aquel, y no quieres ni vives lo mismo con 20 años que con 27. Lo cierto es que cuando se acaba el amor, muchos acaban renegando también de lo vivido, y eso es tan triste. Yo he estado enamorada -hasta las trancas- y ya no lo estoy. Sin embargo, no habría podido elegir mejor compañía para el deambular de mis 19 a los 24. Y hoy sigo diciendo que no cambio por aquella época, que lo volvería a vivir ahora mismo con los ojos cerrados, que me sentí querida y fui feliz. No soy de las que se arrepienten del pasado. A fin de cuentas, si de aquellas no me parecía muy mala idea, será que no lo era. Y a lo hecho, pecho. Y un poco de ron, si es que cuesta pasar algún trago.

Respeto, y mucho, a las parejas que celebran San Valentín y esperan que llegue el día con más ilusión que un niño a los Reyes Magos. Sin embargo, querido karma, para ponértelo un poquito más fácil, te diré que a mí hombre no hace falta que le guste San Valentín. Pero, por favor, que lea a Ángel González. Con eso, basta. 

Si yo fuese Dios

podría repetirte y repetirte,

siempre la misma y siempre diferente,

sin cansarme jamás del juego idéntico,

sin desdeñar tampoco la que fuiste

por la que ibas a ser dentro de nada;

ya no sé si me explico, pero quiero

aclarar que si yo fuese

Dios, haría

lo posible por ser Ángel González

para quererte tal como te quiero,

para aguardar con calma

a que te crees tú misma cada día,

a que sorprendas todas las mañanas

la luz recién nacida con tu propia

luz, y corras

la cortina impalpable que separa

el sueño de la vida,

resucitándome con tu palabra…

Anuncios

La larga gala de nuestro cine.

Reconozco que hasta no hace mucho no era precisamente una defensora del cine español, pero una generación de directores y, sobre todo, de intérpretes entregados han conseguido reconciliarme con el séptimo arte patrio. Por eso ME ENCANTA disfrutar de la gala de entrega de los Premios Goya. Por eso y porque siempre hay un hueco para la reivindicación, para clamar por la Cultura, para declarar el amor por el cine -pese a todo y pese a algunos-. Por eso y porque compartirla con mis amigas vía Whatsapp, estemos donde estemos, es siempre sinónimo de risas, para qué os voy a engañar.

Ayer sábado, 7 de febrero, tuvo lugar la vigésimo novena edición de los premios y no falté a la cita, aunque sabía que iba a ser larga y, por momentos, más que aburrida. Tenía una favorita, como todos, y esa era ‘La isla mínima’, el peliculón que se ha marcado Albert Rodríguez. Hacía mucho que no disfrutaba tanto en una sala de cine como con esa cinta, que me tuvo abrazada al asiento de delante los últimos cuarenta minutos, tensionada por la trama, emocionada por esos dos monstruos de la pantalla que son Javier Gutiérrez y Raúl Arévalo y encandilada por sus planos. Así que comprenderéis que esté más que feliz por esos 10 galardones con los que el filme cerró una noche que será recordada también por el triunfo de la comedia: tres de los cuatro protagonistas de ‘Ocho apellidos vascos’ -está bien recordar de vez en cuando que es la película más taquillera de nuestro cine- se alzaron con los premios a los que estaban nominados.

El primero en subir a recogerlo fue Karra Elejalde como Mejor Actor de Reparto; me alegré por él, pues creo que es un actorazo y que hizo un papel más que meritorio, pero mi favorito era Antonio de la Torre -SIEMPRE es mi favorito-, una gran pena que también este año se haya ido de vacío. Después llegó el turno de , Carmen Machi, que se llevó el premio femenino en la misma categoría. Me pasa un poco como con Elejalde, en la película lo borda, pero no sé si tanto como para el Goya. Y, por último, el maestro de ceremonias, Dani Rovira -salvó la noche, estuvo aceptable-, recogió el cabezón al Mejor Actor Revelación, previo besazo de su chica, Clara Lago, la única del elenco de la cinta que no estaba nominada. A ella le dedicó el premio, por supuesto, y yo quise ser ella por un rato, ¡fue tan bonito!

La verdad es que en una gala en la que siempre falla el guión -sobre todo por esos números musicales que dan vergüenza ajena y algunos chistes forzados que hacen poquita o ninguna gracia-, los agradecimientos por parte de los premiados son siempre lo mejor. De anoche, me quedo con el de un emocionado Elejalde; con el de Machi, que se lo dedicó a la gran Amparo Baró; con el de Javier Gutiérrez, claro, que se acordó de Arévalo, su compañero de película y su rival en prácticamente todos los premios; con el de Nerea Barros, que no se lo creía, y se acordó de su amiga Nora, que siempre le decía que ganaría un Goya, y destacó que por fin el cine español ha roto la barrera que lo separaba de su público; y, por supuesto, con el de Antonio Banderas al recoger el Goya de Honor. No es precisamente santo de mi devoción -más bien todo lo contrario-, pero se marcó un discurso épico.

Javier Gutiérrez

Destacaría muchas cosas que no me gustaron de la gala -¿para empezar, qué se había fumado el realizador?-, pero voy a señalar sólo una: la actuación de Miguel Poveda. Si el pobre Miguel Hernández hubiera escuchado ese destrozo que le hizo a ‘Para la libertad’… Seguro que a Serrat también le provocó una úlcera. Bah, voy a decir otra cosa más, no me la puedo callar: el excesivo protagonismo de Penélope Cruz, el pretendido y el otorgado. Sinceramente, como actriz me parece que tiene mucho que mejorar, así que entiendo que simplemente se le ha otorgado el título de estrella independientemente de cómo lo haga. Se podía haber elegido a cualquier otra, pero se la eligió a ella. Es como Banderas pero en femenino. Llegó cuando había que llegar… y ya nadie la apea de ahí.

Sin embargo, creo que en este país tenemos intérpretes femeninas mucho más valiosas y con muchísimo más talento a las que se deja en segundo plano -o en un tercero, un cuarto, un quinto… o se vuelven casi invisible-. Inma Cuesta es una de ellas -para mí, la gran olvidada de estos premios-. Por mencionar a alguna más, tenemos a Marián Álvarez, Candela Peña, María León, Ariadna Gil, Marta Etura o la propia Bárbara Lennie, que se llevó el premio a Mejor Actriz Protagonista. Más nos valdría apostar un poco por ellas… Y seguir por el camino que se está marcando, parece que lleva a buen puerto. ¡Y que viva el cine! 

¡Ah! En estos casos es casi obligado hablar de mis ‘favoritas de la alfombra roja’. Era rosa, en realidad. Pues me quedo con Inma Cuesta, Cayetana Guillén Cuervo, Andrea Duró y Juana Acosta. Esta última, por cierto, ¿por qué dejó salir de casa a su señor, Mr. Alterio, con ese pelo? ¿Eh, por qué? Por otro lado, habría que desterrar del planeta el bolso de Macarena Gómez y el vestido de María León, pero esa ya es otra historia. 

¿Y si el Prado tocara siempre?

Ayer leí en El País que un cuadro de Paul Gauguin, ‘Nafea Faa Ipoipo’, es, seguramente, la obra de arte más cara de la historia. De tener dinero -muchísimo dinero-, yo habría pagado por algún otro cuadro los 300 millones de dólares que se han pagado por este. No tengo un cuadro favorito, sino unos cuantos (el que más, ‘El matrimonio Arnolfini’, de Van Eyck), así que sé muy bien cuáles formarían mi pinacoteca particular. Recientemente se han sumado a la lista unas cuantas obras que descubrí el mes pasado cuando visité el Museo del Prado. Lo que me lleva a otro asunto que llamó mi atención hace unas semanas.

Cuando me siento en el sofá frente al televisor para ver algún informativo, siempre albergo cierta esperanza de que no todo sean malas noticias. Casi siempre mis expectativas no llegan a buen puerto, pero ocurre de vez en cuando que el mundo -y, sobre todo, esta España nuestra- te sorprende. Justamente eso me pasó cuando me enteré de que el Museo del Prado inauguraba una exposición muy especial, ‘Hoy toca el Prado’ -que podrá visitarse hasta junio-, formada por reproducciones de seis de sus obras más emblemáticas adaptadas para que personas invidentes o con visión reducida puedan verlas a través del tacto. Creo que con frecuencia se nos olvida que la Cultura no debe ser un lujo -aunque haya quien se empeñe en ello- y que ha de ser accesible para todos los públicos, independientemente de sus características o necesidades. Por eso, aplaudo la iniciativa del Museo del Prado, esperando que no quede sólo en algo anecdótico y que sea una práctica más habitual. Igual que se invierten recursos y esfuerzos en acercar la Cultura al público infantil, por ejemplo, considero que es también importante apostar por públicos más creciditos en años pero igualmente ávidos de consumir Cultura. T.S. Elliot dijo que «la Cultura es todo aquello que hace de la vida algo digno de ser vivido»; ¿no merecemos todos tenerla a nuestra alcance?

El caballero de la mano en el pechoUna de las obras que forman parte de la exposición es ‘El caballero de la mano en el pecho’, de El Greco. Sí, gustosamente lo tendría colgado en mi salón. Completan la lista ‘La fragua de Vulcano’, de Velázquez; ‘Noli me tangere’, de Correggio; ‘El quitasol’, de Goya; ‘La Gioconda’, del taller de Leonardo Da Vinci; y ‘Bodegón con alcachofas, flores y recipientes de vidrio’, de Juan an der Hamen y León. La verdad es que yo había sumado a la lista otras cuantas. Por ejemplo, alguno de Vicente López (este fue, sin duda, el que más me gustó), también de Joaquín Sorolla, Raimundo de Madrazo (¿no es una pasada?) y Antonio Muñoz Degrain.

La verdad es que me quedé embobada con un montón de cuadros del Prado: todos los Velázquez que alberga el museo, desde ‘La rendición de Breda’ hasta ‘Las hilanderas’; ‘Las tres gracias’, de Rubens; el retrato de ‘Gaspar Melchor de Jovellanos’, de Goya; ‘Doña Isabel la Católica dictando su testamento’, de Eduardo Rosales; ‘Retrato de niña con fondo de paisaje’, de Carlos Luis Ribera; y un montón más. Aunque mi gran descubrimiento fue, sin duda, ‘Fusilamiento de Torrijos y sus compañeros en las playas de Málaga’, de Antonio Gisbert. Me impresionaron las expresiones de cada personaje, sus gestos y la intensidad de la escena al completo. Qué tontería, no me había parado a pensar en lo afortunada que soy por poder contemplar maravillas como esta, por poder decir que tengo cuadros favoritos. 

Fusilamiento de Torrijos y sus compañeros en las playas de Málaga

#Top5enero

Para mí, la maldita cuesta de enero se ha hecho más llevadera gracias a…

1) La versión de Vetusta Morla de ‘Tengo un trato’, de Mala Rodríguez: el tema original no me hace ni fu ni fa, pero en cuanto escuché en el programa ‘Hoy empieza todo’, de Radio 3, la particular interpretación de la canción de los vetustos, me quedé prendida, aunque es cierto que cuando se trata de estos chicos peco bastante de poca objetividad. Han conseguido darle su toque, suena a Vetusta Morla desde el primer segundo, y esa es la gracia de las versiones, ¿no? Para mí, en este caso, la revisión mejora al original. ¡Hay que ser más bueno que los malos! Si aún no la habéis escuchado, aquí la tenéis: 

2) El Curriculum Vitae de Ignacio Castiella en Twitter: resulta que es abogado, pero ha dejado claro que sería todo un fichaje en una agencia publicitaria. Precisamente, eso es lo que busca: tras licenciarse en Derecho y cursar un máster en Relaciones Laborales, se dio cuenta de que no quería pasarse la vida en una sala de lo penal, sino dar el salto a la publicidad. Y todos sabemos que a la hora de buscar trabajo, diferenciarse de los demás es la clave, hay que llamar la atención de alguna manera o pasas totalmente desapercibido… así que Ignacio (@castiellas) se le ocurrió utilizar Twitter para sobresalir, ¡y vaya si lo ha conseguido! Se creó un perfil en el que su alter ego, @icastiellas, se valía de tweets propios y otros que tomó prestados para contar una historia. Su historia. Y la de su cobaya, claro. En total, 147 mensajes de en torno a 140 caracteres cada uno que son pura genialidad. ¿No me crees? ¡Léelo enterito! ¡Más que recomendable! Envidio a la gente que derrocha creatividad por cada poro de su piel, está claro que con eso es nace, uno puede tratar de potenciarlo pero… ¡el don se tiene o no se tiene! 

3) El curso de periodismo de viajes con Paco Nadal en la Escuela de Periodismo de El País: son muchas las razones por las que admiro a Paco Nadal, alma de ‘El Viajero’, pero la más importante de todas es que ha conseguido convertir su pasión, que es mi pasión también, en su profesión. Vive de conocer mundo y de contarlo, ¿no es maravilloso? Desde luego, suena así, por lo que no lo dudé ni un minuto cuando vi que iba a ofrecer un nuevo taller de periodismo de viajes en la Escuela de Periodismo de El País. Volví a mi casa con la sensación de que había estado en todo el mundo sin moverme de Madrid. Nos contó cómo es su día a día, cómo se las ingenia para mantener a la comunidad de seguidores que ha logrado crear, con qué equipo de imagen y sonido se mueve de aquí para allá, consejos sobre cómo tener un blog y vivir de ello, infinidad de anécdotas divertidísimas… ¡Un fin de semana y un poco de dinero muy bien invertidos! Pero como no todo es escuchar, también tuvimos oportunidad de poner en práctica lo aprendido escribiendo un post sobre la plaza Mayor de la capital. Creedme: es mucho más difícil de lo que puede parecer a simple vista. Seguro que pronto hay una nueva edición del curso, ¡no os lo perdáis! 

4) El curso online de fotografía básica con Álvaro Sanz: uno de mis buenos propósitos para 2015 es aprender a usar en condiciones la cámara réflex, que me he pasado un tiempo robando a mi padre y que ahora, por fin, he heredado. Como soy un poco zoquete para todo lo relacionado con la tecnología, la verdad es que me cuesta mucho sacarle partido al aparatito, por lo que necesitaba empezar desde la base y hacerlo con alguien guiando mis pasos. Conocía los cursos de Álvaro por esa maravillosa red social que es Instagram, pero hasta el momento no me había animado a apuntarme a ninguno. ¡Craso error! Durante cinco días, ha colgado en su Web para los alumnos matriculados varias lecciones en las que aborda los principios básicos de la fotografía y las pautas generales para que consigas hacer la foto que realmente quieres hacer. No he tenido mucho tiempo de poner en práctica lo aprendido, pero una tarde de domingo que llovía a mares me la pasé persiguiendo a mi perro por toda la casa cual paparazzi, y alguna instantánea curiosa salió (es fácil cuando tienes un modelo tan bonito). 

Kai

5) Ideas en Polvo: hacía mucho tiempo que no me pasaba por una de mis tiendas favoritas en Valladolid. Visitar Ideas en Polvo es invitar a la imaginación a volar y animar a sacar a la luz al manitas que llevamos dentro. Si eres amante del scrabooking, es tu tienda. Si buscas telas preciosas, es tu tienda. Si tienes que hacer un regalo y quieres que sea algo original, también es tu tienda -sobre todo si el destinatario es aficionado a las manualidades-. Es un pequeño paraíso del DIY. Hace poquito que han abierto también tienda online, os animo a visitarla. ¡Ah! Y estad muy pendientes de sus RRSS (FacebookTwitter e Instagram), porque Deiana, su dueña, siempre tiene algo entre manos.