Todo mi dinero en viajes.

He empezado el 2015 con muchas ganas de conocer más mundo. Viajar cuanto pueda es uno de mis grandes propósitos para este nuevo año. «Viajar a Marte o al cuarto de la plancha, pero contigo», escribió Luis Alberto de Cuenca, y siempre me he sentido tan identificada con ese verso… Me gusta viajar, aunque sea sólo a la vuelta de la esquina. Pero me gusta aún más contar lo que he vivido en cada uno de mis viajes. Por eso no me lo pensé dos veces cuando vi que Paco Nadal -a quien admiro y envidio a muerte a partes iguales-, un químico reciclado en viajero empedernido que vive de ello, iba a ofrecer un taller sobre periodismo de viajes en la Escuela de El País. Tras mi más que satisfactoria experiencia anterior en el centro con Raúl Cancio -autor de esta instantánea– y su taller de fotoperiodismo, estaba segura de que iba a disfrutarlo y de que volvería a mi casa feliz cual perdiz. Genial experiencia. Mucho aprendido… y muchos deseos de hacer la maleta. De momento, me traje de Madrid un billete de regreso a Turín (¡por fin!) y este texto. Y alguna foto. Y una mañana en el Museo del Prado y un nuevo cuadro favorito. Y mucho cariño de mi buena amiga A., a quien nunca se le acaban los abrazos para repartir.

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El pulmón adoquinado de Madrid

Son las 11.33h de un sábado y, me sorprendo, la plaza Mayor está casi vacía. A Madrid le cuesta desperezarse. Anoche, como acostumbra, no había valiente que la acostara. A mí, para ser francos, tampoco. Ahora que ya me voy quitando Malasaña de las pestañas, me resguardo de enero en la única terraza de toda la plaza sobre la que reposa, altivo, algún atrevido rayo de sol. Y contemplo como el Madrid más auténtico va despertando ante mis ojos.

Desayunos tardíos, lentos, de periódico y silbido, sin café o chocolate pero con caña -para tomarse una bien tirada, hay que tomársela justamente aquí- y algún temprano bocadillo de calamares marcan el comienzo de la jornada para turistas, hijos adoptivos y autóctonos. Y un allora se entremezcla con un rotundo great!, y suena -Madrid suena todo el tiempo- el eco de algún bitte, y hasta escucho a una muchacha, tan alta y tan rubia que se delata antes de abrir siquiera la boca, soltar un spasibo que se antoja lejano y, a la vez, familiar. Me viene a la cabeza un poema de Calderón sobre el hogar del Manzanares: «(…) donde verás confundir / en variedades y lenguas / el ingenio más sutil». Parecen los arcos de las calles Botoneras, Zaragoza, de la Sal, puertas de un aeropuerto con conexión al mundo entero. La Plaza Mayor es Madrid concentrado en adoquines y parece todas las plazas, de aquí y allá, en un mismo coso porticado.

Reflejos

Observo al barrendero que echa con esmero sal sobre el suelo, resbaladizo tras la helada de la noche anterior. Bajo los soportales, tan característicos del lugar, me contemplan a mí, tras los cristales del escaparate de algún centenario local que vende recuerdos -cuándo aprenderemos que los mejores no los compra el dinero-, infinidad de pequeños ojos de chulapos y chulapas de mentira. Los de verdad siempre se me escapan. De vez en cuando escucho ese acento madrileño que es tan suyo y, cuando me doy la vuelta, no veo más que chinos. ¡Mira que son rápidos los anfitriones…! Siempre me asombra de Madrid la prisa que la gente -mareas y mareas ingentes de gente- tiene por aquí. Pero Madrid es para bebérsela a tragos cortos, como sus cañas; o, al menos, así lo veo yo.

Bob Esponja, Minnie, Winnie de Pooh, el Gato con Botas y un Spiderman gritón, implorando una foto para sacarse unas monedas en un batiburrillo de idiomas ininteligible, se disputan mi atención con la pareja de recién casados que, lluvia de arroz y pétalos de rosa mediante, salen de la Casa de la Panadería. Es la tercera boda de la mañana. Frente a mí, una mujer hace retratos a la antigua usanza. Aparecen tres caricaturistas. Dos niños señalan los globos que reposan, abandonados a su suerte, sobre los cables que cubren la plaza. Un guía turístico habla a un grupo de mexicanos sobre tomarse una relaxing cup of café con leche. Maletas traquetean. Quiero verlo todo, pero apenas alcanzo. Altanero, desde su posición privilegiada, escudriña la cotidiana escena un jinete de hierro, Felipe III, quien puso fin a comienzos del siglo XVII a las obras de la plaza que hoy custodia. Centro del Madrid de los Austrias, epicentro de nuestro Madrid.

Retratos antiguos en la plaza Mayor de Madrid

Un rincón que, a eso de las 12.40 horas, es ya un total hervidero de pisadas. Y uno asume que lo raro hubiera sido que el pequeño Chencho no se perdiera allí, entre tanto pie, y uno comienza a entender las letras de esas canciones que hablan con pasión de Madrid, que se le sale a la plaza por las esquinas. «Madrid es no tener nada, y tenerlo todo», Ramón Gómez de la Serna dixit. Su plaza Mayor es respirar Madrid, respirarlo entero en cada bocanada.

Pisadas en la plaza Mayor de Madrid

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Un comentario en “Todo mi dinero en viajes.

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