Hasta siempre, 2014.

Si hay un día al año en el que está permitido mirar hacia atrás, ese es, sin lugar a dudas, el 31 de diciembre. Así que aquí estoy, preparada para sumarme a la interminable lista de bloggers -me hace gracia, en el fondo, referirme a mí misma con tal apelativo- que dedican su última entrada del año a hacer balance de 2014. Contaría todo lo bueno que me ha pasado, quizá también algo de lo malo, pero un año que ha significado tanto no puede reducirse a eso. Estos doce meses han sido intensos, casi todos agotadores, con días malos y muy malos, un puñado muy grande de días maravillosos, un verano muy corto, un otoño interminable, viajes, sorpresas, muchos conciertos, retos, esfuerzo, un contrato indefinido -sí, es posible conseguirlo en esta España nuestra-, miedo, gran cantidad de abrazos y una sobrina preciosa que crece sin parar. Ha sido, probablemente, el año en el que más he aprendido en toda mi vida. A fin de cuentas, sólo así se consigue seguir andando. 

92H

Por ejemplo, me he aprendido esta canción, que me encanta. She & Him ha sido uno de mis grandes descubrimientos musicales de este año, junto con La M.O.D.A., Maryland, León Benavente, Sidonie, Sr. Chinarro y Los Aslándticos. Por fin este 2014 he visto a Extremoduro en concierto -experiencia que jamás olvidaré- y he vuelto a empaparme de Vetusta Morla en directo unas cuantas veces, lo cual siempre es un placer.

Además, este año he descubierto que los egos más grandes no tienen, a menudo, razón de ser alguna. Y que la humildad suele ir de la mano de aquellos que dejan a su paso una estela de admiración y orgullo entre quienes los rodean. Lo sé gracias al Foro de la Cultura, un encuentro que se celebró en Burgos el pasado mes de noviembre y que ha sido, hasta el momento, mi mayor reto profesional. Ha crispado mis nervios y me ha agotado física y mentalmente, pero lo reviviría ahora mismo si pudiera, de principio a fin. Si hace un par de años me hubieran dicho que iba a formar -una minúscula- parte de algo tan grande, no me lo habría creído. Lo cierto es que como periodista siempre voy a deber mucho a 2014, un año en el que he aprendido algo nuevo todos los días -la mayor parte de las veces, a base de algún golpecito- y en el que he encontrado mi sitio (o, al menos, un sitio en el que estoy a gusto y le resulto de utilidad a alguien). Me ha recordado por qué me dedico a esto y me ha hecho sentirme más orgullosa que nunca de ello. Hoy en día, eso es todo un regalo.

Otra de las lecciones que me deja este 2014 es una que debí aprender hace mucho tiempo: si quieres que algo salga bien, hazlo tú mismo. Así, no tendrás que depender de nadie. Así, si algo sale mal, serás tú quien tenga que rendirte cuentas. Y todos sabemos que eso es mejor que ver crecer en tu interior cierto rencor envenenado hacia otros. Enlaza perfectamente con esta enseñanza otra no menos importante: no esperes demasiado de la gente. Hasta quien crees que jamás lo haría, puede decepcionarte. No sé quién dijo eso de: «Si me fallas una vez, será culpa tuya. Si me fallas dos, la culpa será mía». O similar. TOUCHÉ. Y otra más: no hay que tener miedo a perderse. Ni a dejarse llevar de vez en cuando, cual viento de león, por un breve soplo de viento.

diente de león

2014 ha sido un año para recordar que no importa lo lejos que estén los amigos, sino lo cerca que los sientas tú. Pueden pasar meses sin que vea a los míos, pero luego aparecen y es como si hubiera estado con ellos ayer mismo. Cada momento juntos, quizá por ser tan poco frecuentes, es un momento de felicidad plena. Nos hacemos mayores y, sin embargo, al reunirnos es como si se hubiera detenido el tiempo y otra vez tuviéramos 20 años. Me siento afortunada por ello. Sobra decir que preferiría que todos siguieran viviendo en la misma ciudad que yo, pero como eso hoy por hoy es inviable, me conformo con saber que siempre, pase lo que pase, acaban volviendo a casa. O que están a un viaje en bus, tren o avión de distancia si me muero de ganas de darles un abrazo. Eso es reconfortante. Eso, y saber que están alcanzando metas, cumpliendo sueños y viviendo aventuras.

En 2014 he aprendido también que un corte de pelo por encima del hombro, definitivamente, no me sienta bien. Lo mucho que me gusta San Sebastián. Que Bruselas es mucho más bonita de lo que jamás hubiera imaginado. A hacer punto y ganchillo -aunque quizá sea demasiado pretencioso definir así a lo que hago con las agujas-. Que, como he leído en alguna parte, ‘la felicidad es handmade. I have learnt that I can get whatever I want. Y que nunca se es demasiado mayor para jugar (gracias, Ariadna). También he aprendido que el conformismo nunca lleva a buen puerto, que no valen las medias tintas y que si hubo gente que salió de mi vida, gané con la espantada. Que la soledad tiene su punto. Que el 21% de IVA cultural hiere, pero no mata: en este 2014 he consumido más Cultura que ningún otro año. Porque hay mucho talento que estamos dispuestos a disfrutar, por mucho que algunos se empeñen en ponérnoslo difícil. 

Lo peor que me ha enseñado 2014 es que somos condenadamente frágiles. Tanto, tantísimo, que ni siquiera somos conscientes de ello. Cada día que te levantas y te sientes bien, estás sano, feliz, tienes cerca amor y amistad, una razón para sonreír -por pequeña que sea- y dos piernas, dos brazos y una cabeza que funcionan y están preparados para intentar materializar esa idea absurda que te ronda la cabeza, cada uno de esos días, es una jodida bendición.

De 2015, la verdad, no espero nada, ni bueno ni malo. Si acaso, que la primavera no se haga de rogar. Por lo demás, dejaré que me sorprenda. Así, no habrá expectativas que cumplir. Siempre me han gustado los años impares. Ojalá que este se porte bien. ¡Feliz Año Nuevo! 

mafaldaañonuevo

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