Los días malos.

Era un genio el primero que dijo eso de que ‘sin esos días tan jodidamente- malos, no valoraríamos los buenos’. Más razón que un santo. Desde que me he levantado a las 07.00 horas hasta este momento, que miro el reloj y son las 23.36, casi pierdo un tren a Madrid, he tenido ganas de que me tragara la tierra en varias ocasiones, me he sentido muy chiquita en un mundo que me queda muy grande, me han entrado vértigos, he tenido deseos de hacerme una bolita y desaparecer bajo el edredón de mi cama y me he reído por no llorar. Literalmente. Y es que hay días que por mucho que lo intentes, nada sale como tiene que salir. Ni remotamente parecido.

Pero digo yo, querido karma, o quién coño se encargue de todo esto, que en realidad no necesito jornadas infernales como la de hoy para darme cuenta de lo bien que se está cuando se está bien. De verdad, de verdad que no. Concentro toda mi energía en que cada día sea un buen día, partiendo de unas sencillas premisas. Para empezar, nada más levantarme de la cama, voy a saludar a mi perro: yo le achucho, él me da un lametón en el moflete y, así, me aseguro la primera sonrisa del día. Camino por la calle cantando, aunque sea muy bajito. Soy de las de ‘perdón’, ‘por favor’ y ‘gracias’. Nunca me falta un ‘buenos días’ para esos autobuseros que tienen cara de querer bajarte de una patada en el pompis. Veo en cada obstáculo una oportunidad para hacerlo bien o para que salga fatal, pero en eso consiste probar. No digo ‘no’ a algo si antes no lo he intentado. Confío en mí y en mi esfuerzo, algo que he aprendido a hacer recientemente y que es de lo más satisfactorio. Pregunto todo lo que no sé, pero nunca rechazo sacar mi cara autodidacta.

Y la más importante de todas: pienso todo el tiempo en la suerte que tengo de estar aquí. En que de todos los días del año, el 80% son buenos o muy buenos, 10% regulares y otro 10% malos, malísimos o peores. Me doy cuenta, por ejemplo, de cómo ha cambiado mi vida en los últimos meses y de que ha sido, sin duda, para mucho mejor. Recuerdo lo perdida que estaba hace no tanto, que no sabía qué hacer con mi vida, que una chorrada me parecía el fin del mundo y que acabé tomando una decisión que ha sido más bien una bendición, aunque llegué a ella más bien por desesperación. Me veo a mí, tan tontamente incompleta, sin saber que llegaría una niña de manos regordetas que me hace sentir amor como nunca antes. Vuelven a mi memoria los viajes, las aventuras, las canciones, los libros, alguna noche de verano.

Repaso todo lo que he compartido con los míos y me digo: ‘cuántas cosas me habré perdido por no haber dado opción a un día malo de tornarse bueno’. Sabes que todo pasará, pero no pones de tu parte para que pase más rápido. Cómo nos gusta a veces regodearnos en un día malo. Yo hoy ya lo he hecho demasiado. Así que, con permiso, me voy a achucar a mi perro antes de dormir y así, al menos, este día acabará igual de bien que empezó, aunque luego se torciera.

Mañana será otro día. Otro día mejor.

Lights

Lights will guide you home and ignite your bones, and I will try to fix you…

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Extremoduro, poesía hecha rock.

Sucede -que se me ha alegrao’ el día- que, en ocasiones, nuestras expectativas ante algo que está por llegar son tan altas que el batacazo que nos llevamos es épico. Otras veces, son superadas con creces, y la realidad sobrepasa todo lo que hayas sido capaz de imaginar. Exactamente eso me pasó hace un par de semanas, el 27 de septiembre, durante el concierto de Extremoduro en Valladolid, en el marco de la gira de presentación de su último disco, ‘Para todos los públicos’. Tras varios intentos fallidos, por fin pude ver en directo a Iniesta, Uoho y compañía, auténticos emblemas de la música de nuestro país, historia viva de nuestro rock; aunque Extremoduro para mí, y para tantos otros, es mucho más que eso.

Saltaron al escenario entre los acordes de ‘Sol de invierno’ y contenedores portuarios de colores. Un comienzo que no esperaba y que me convenció de que todo lo que iba a llegar después sería un espectáculo infinitamente mayor del que yo podía haber deseado. A mitad de concierto se puso a llover como si no fuera a haber mañana. Las gotas amenazaban con poner fin antes de tiempo al encuentro de la banda extremeña con el público vallisoletano, pero ni ellos ni nosotros estábamos dispuestos. Chorreando, literalmente, cantábamos más fuerte, saltábamos más alto y pedíamos más temas con mayor insistencia. Desde el escenario, Robe y los suyos nos miraban desafiantes, animándonos a mandar a paseo a aquel feo cielo gris, al que pronto dejamos de implorar una tregua para entregarnos sin remedio al delirio que teníamos ante nuestros ojos.

Foto: Ricardo Otazo

Foto: Ricardo Otazo

A los que nacíamos más o menos a la vez que Extremoduro echaba a andar, y aún nos quedan muchos conciertos suyos en que perder la voz, se nos quedó carita de tontos ante su impecable sonido y su animal presencia sobre el escenario, fruto de mucha carretera a las espaldas. La veteranía en esto de la música es un grado, y Extremoduro lo aprovecha a la perfección. Creo que disfrutamos por igual los que repetían y aquellos para los que era nuestra primera vez. Extremoduro es de esas bandas que siempre sorprenden y reconquistan..

Fueron casi tres horas de concierto en las que no faltaron sus grandes éxitos, como ‘Jesucristo García’, ‘Puta’, ‘Salir’, Standby’, ‘Prometeo’, ‘La vereda de la puerta de atrás’ y ‘Autorretrato’, entre otros temas, a los que se han sumado en los últimos años canciones como ‘Dulce introducción al caos’ y ‘Si te vas’, coreadas con ahínco por las 9.000 personas que se dieron cita en el patio de la Feria de Muestras de la capital castellano y leonesa. ‘Mi voluntad’, ‘Locura transitoria’, ‘¡Qué borde era mi valle’, ‘Manué IV’ y el resto de temas que conforman su undécimo álbum de estudio, salvo un par de excepciones, tampoco faltaron. Cerca del final, llegó mi canción favorita: ‘Ama, ama y ensancha el alma’. Tengo que reconocer que se me pusieron los pelillos de punta -sé que a la gente de mi alrededor, también-.

Sobra decir a estas alturas que Robe Iniesta, líder y entrañas de Extremoduro, es un poeta. Un mago de las palabras al que se le han incrustado en la cara el paso del tiempo, los excesos y el rock. La vida, al fin y al cabo. Y parece que le pesa. Pero se sube al escenario con esas piernas de alambre que uno cree que no van a soportar el peso de la guitarra, y abre bocas a base de acordes. Apelas para quieto medio minuto. Se deja la voz y el alma en cada estrofa junto a su ejército, que no tiene banderas, sólo un corazón. Uno de los grandes momentos de la noche llegó cuando Robe, arropado por su inseparable Uoho, ese guitarrista inagotable e inigualable, interpretó un tema inédito que dejó al respetable con ganas, muchas, de nuevo material del grupo cuando aún estamos saboreando las mieles de su último disco. Apenas había terminado el concierto, ya suplicábamos por otro. Así te deja Extremoduro, con resaca de rock en el espíritu, de esas que sólo se curan poniéndote de nuevo ante ellos.