Forever ‘Friends’.

Hoy, 22 de septiembre, se cumplen 20 años de la emisión del primer capítulo de ‘Friends’. Nadie podía imaginar que aquello era el principio de uno de los éxitos televisivos más grandes a nivel internacional de todos los tiempos. Aún recuerdo el día que mi tía Belén me descubrió la serie una tarde de 1997. Recuerdo la distribución de la habitación en que antes éramos desterrados los niños de la casa para ver la tele, recuerdo que estaba mi hermana Irene y que la echaban en Canal+ -hablo de aquellos tiempos en que, por unas horas al día, emitían parte de su programación en abierto-. Flashazos de otros tiempos en que era demasiado pequeña para entender la gran mayoría de sus bromas, pero en los que empezaba a aficionarme, sin remedio, a las andanzas de este sexteto inolvidable. Los inicios de mi particular idilio con ‘Friends’.

Friends

Hace tiempo leí un artículo maravilloso -¿alguno no lo es?- de Javier Aznar en su blog ‘Manual de un buen vividor’ en el que hablaba de sí mismo y sus coetáneos -me incluyo, aunque me saque unos años- y decía que «somos una generación capaz de comparar cada momento de nuestras vidas con un episodio de ‘Friends’». Me sentí tremendamente identificada. Lo hago constantemente. Quizá sea porque ‘Friends’ es ya tan parte de mí/nosotros que no sé/sabemos dónde acaban sus historias y dónde empiezan las mías/nuestras. Sobra decir que yo también he querido vivir con una amiga en un piso y que un par de amigos vivieran enfrente. También he puesto banda sonora a mi grupo de amigos y era justo esta canción.

Si tuviera que elegir un único capítulo de las diez temporadas, no podría. Pero, como todos, tengo mis favoritos: el de cuando Ross y Rachel rompen -sí, seguramente este sea mi preferido… ¡¡¿¿a hachazos??!!-, el de cuando Joey habla francés, el de cuando todos cumplen 30, el del unagui, el de la ronda relámpago, el de cuando Ross se compra un sillón nuevo, el de la playa y la medusa, el de cuando Chandler besa a todo el mundo, los capítulos en que todos se enteran de lo de Chandler y Monica, el de cuando Rachel y Monica se apuestan el piso con Joey y Chandler -¡¡Chanandler Bong!!-, el del libro porno de Rachel..

No sé cuántas veces habré visto cada episodio. Pero sé que no me canso, y si pillo alguno en la tele -gracias, Paramount Comedy, por recuperarla para mí este verano que se nos termina-, me quedo embobada viéndolo y me río como si no lo hubiera visto nunca. Con cada visionado descubro algo nuevo: un gesto, una broma que en su día me pasó desapercibida, un rasgo de alguno de los personajes que me sorprende o hace que me guste aún más, una trama que había olvidado. Y si tuviera que elegir un personaje… serían dos: Phoebe y Chandler. La primera, por ser tan extravagantemente divertida. El segundo, porque es el amigo gracioso que todos queremos tener -y que algunos, por suerte, tenemos-.

‘Friends’ me ha acompañado durante años. Y aún lo sigue haciendo. Es mi serie favorita, y sé que nunca habrá otra que me guste siquiera un poquito más. ‘Friends’ es el reflejo de lo que ha de ser la amistad y un ejemplo de qué ha de tener una sit com para triunfar: carisma, buenos diálogos y la única voluntad de hacer reír. Ojalá veinte años más.

 

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Torino è casa mia.

Tal día como hoy, hace seis años, yo tenía 20, dos maletas rojas que abultaban más que yo y algo de miedo a volar -del nido y en avión-. Hasta hace seis años, jamás había pasado separada de mis padres más de 15 días seguidos, vivía a un tiro de piedra de mis mejores amigos y no sabía que en Italia no se estilan las persianas. Tal día como hoy, hace seis años, comenzaba mi Erasmus en Turín, una ciudad que meses antes apenas habría sabido ubicar en un mapa pero que guarda una de las etapas más especiales de toda mi existencia.

Turín

Hasta hace seis años, aunque entonces yo qué podía saber, nunca había experimentado lo que es echar de menos de verdad ni el insaciable y dulce cosquilleo que provoca cruzar una frontera. Hasta entonces nunca me había preocupado de llenar un frigorífico, de cocinar, de poner la lavadora, de planchar todas esas camisetas que se arrugan con mirarlas de reojo. No sabía la felicidad inmensa que provoca en tu interior volver a casa por Navidad. Nunca había montado en tranvía. Ni había preparado tortilla de patatas para ocho. Ni había compartido habitación con una decena de personas. Desconocía el sabor inigualable de un gianduiotto. No había tenido que sacarme nunca las castañas del fuego. Antes no disfrutaba cada despedida pensando en lo maravilloso que sería el próximo reencuentro. Ya ves, ahora lo pienso y me doy cuenta de que apenas había vivido. Y durante aquellos nueve meses, de repente, lo viví casi todo. He vivido mucho también después, pero creo que el punto de inflexión fue justamente aquel en que me dieron las llaves de aquel pisito en Via Reggio con vistas al río Dora.

Nuevos amigos, nuevas ciudades, nuevas ilusiones. Sé que todos los que hemos sido Erasmus decimos lo mismo, y puede que suene a tópico más que típico, pero no hay experiencia comparable. Te cambia por dentro. Y se instala en ti una sensación de nostalgia que nunca te abandona, que te acompaña allá donde vas, como el recuerdo de uno de esos sueños que, de tan intensos que son, se te antojan reales.

Yo me equivoco mucho. Constantemente. A veces creo que nunca voy a dejar de equivocarme -menos mal que ya voy aprendiendo a disfrutar de cada error-. Sin embargo, en ocasiones tengo momentos de verdadera lucidez, instantes de auténtica cordura y sensatez impropios, dirían algunos, de quien te está escribiendo estas líneas. Firmar aquel ‘Learning agreement’, que hoy guardo como si del mapa de un inabarcable tesoro se tratase, fue, sin duda, la decisión más brillante de cuantas he tomado hasta ahora. Un Erasmus marca un antes y un después, aunque se haga tan corto como un suspiro. Y es que ya lo cantaba Calamaro:

«…a veces mataría por cinco minutos más».

Turín

Por si os dejáis caer por Bruselas (I)

Este verano he invertido parte de mis vacaciones en patearme Bruselas, Gante y Brujas. Reconozco que no era mi primera opción, ¡pero ahora me alegro tanto de que haya sido el destino elegido…! Sabía que me iba a gustar -en realidad, es difícil que una ciudad no me guste, al final siempre encuentro algún detalle por el que todas me enamoran-, pero ha superado con creces mis expectativas. Tanto… que no puedo evitar dedicar un post -unos cuantos, más bien- a este viaje. Voy a centrarme en Bruselas, pero comparto un par de mis fotografías favoritas de todas las que hice en Brujas y Gante:

BRUJAS

Brujas

GANTE

Gante

Precioso, ¿verdad? Hay rincones en los que parece que el tiempo alguna vez se detuvo y se puso en marcha de nuevo sólo en parte. Estas dos ciudades son un buen ejemplo de ello. Bruselas, también. Por eso quiero recomendarte, por si algún día te da por viajar hasta allí, el hotel en el que me alojé, porque es un placer perderse por el centro de la ciudad de camino a ‘casa’ y disfrutar de la magia de sus calles. Se trata de A La Grande Cloche (Plaza Roupee, 10), a tan sólo diez minutos a pie de la maravillosa Grand Place, punto de partida de toda visita a Bruselas, y a otros diez minutos de la estación de tren Gare du Midi (desde donde se pueden coger con muy buena frecuencia trenes a Brujas y Gante y el Brussels City Shuttle, el autobús que te lleva hasta el aeropuerto de Charleroi).

Ubicación excepcional a un precio asequible también: por cinco noches en una habitación doble pagamos 330 euros, con desayuno incluido (aceptable; sin mucha variedad pero te puedes preparar bocadillos para llevártelos y, así, ahorrar un poquitito en comida). Todo está limpísimo, el personal es de lo más agradable y la zona es muy tranquila. Al final, eso es todo lo que le pide a un hotel en este tipo de viajes, cuando sólo lo necesitas para ducharte y dormir para reponer fuerzas. Creo que ha sido el gran acierto de este viaje -junto con visitar Brujas y Gante en día de diario para evitar las aglomeraciones de turistas en fin de semana-. Me sorprendió en su día encontrar muy pocos comentarios de usuarios negativos de este hotel en Internet, ¡y te aseguro que leí unos cuantos! Ahora entiendo el porqué.

En relación a lo de los bocadillos que he comentado hace algunas líneas, es cierto que te puedes dejar mucho dinero sólo en comer y cenar, sobre todo si te quedas por el centro y salvo que optes por una dieta a base de hamburguesas, así que hay que buscar alternativas más económicas. Sin embargo, no podéis volver de Bruselas sin probar sus famosos moules: mejillones con patatas fritas. En cada restaurante los preparan de una manera. En mi caso, los tomé con verduras al vapor y salsa de ajo: ¡deliciosos! ¿El lugar? Enfrente justo de mi hotel: Houtsiplou (Place Rouppe, 9), un bar-restaurante encantador.

Moules

Una cazuela bastante hermosa para dos, 18 euros (más o menos el precio suele oscilar entre los 20 y los 30 euros). Por supuesto, ¡riégalos con una buena cerveza! (yo elegí una Duvel). Como ya he dicho, no está lejos del centro de la ciudad, pero si te parece que te queda un poco a desmano, puedes disfrutar de los moules en alguno de los establecimientos de Rue des Bouchers, una de las más famosas de la ciudad, a la que debes acceder por las Galerías del Rey (en una bocacalle encontraréis la Janneken Pis, la versión femenina del Manneken). Esta calle esta PLAGADA de restaurantes. No entré en ninguno, lo reconozco, pero echando una vista a las cartas, los precios y los platos que sobre las mesas saboreaban algunos turistas, creo que uno de los restaurantes más recomendables es Chez León. También puedes encontrar muchas más opciones en Rue des Brasserus, al ladito de Grand Place. Abundan los restaurante griegos e italianos. Yo cené maravillosamente bien en el Venezia, un italiano (unos 16 euros por persona).

TO BE CONTINUED… 🙂

Fotografías: Iris M. Vázquez

Post -sin ton ni son- de una viajante recurrente.

Trato de descubrir al menos una ciudad nueva cada año. Y no sé cómo lo hago: por cada una que tacho de la lista, otras tres se ponen a la cola. Hay algo ridículamente emocionante en viajar, sin importar si es cerca o lejos. En respirar otros aires -más puros o que huelan mucho más a chocolate-. En el cosquilleo incontrolable que provoca un avión despegando. Me pregunto cuántos más tendré que coger en mi vida para que se me pase ese tonto deseo de querer que me toque ventanilla para dormirme contando nubes. Viajar despeja, estimula y sobrecoge. Viajar abre mentes y cierra bocas. Viajar, irremediablemente, te recuerda de dónde vienes: ‘En España esto no lo hacemos así, en España somos más de esa manera, en España aquello no lo hay’. Viajar te invita a borrarlo de un plumazo e imaginar cómo serías si fueras de otro lugar. Viajar desdibuja las fronteras, y dejan de existir los países. Y es que, al fin y al cabo, la patria, ya lo dijo Juan Bonilla, no es más que «la familia: ese lugar en el que dan paella los domingos».

Copenhague, Estocolmo, Roma, Viena, Budapest, La Habana, Londres, Dublín, Venecia, Berlín… Sumando a la terna Bruselas, Gante y Brujas. Me van a parecer siempre tan pocas..

Grand Place, Bruselas

Tras años de luchas encarnizadas, los mapas, mi sentido de la orientación y yo empezamos a entendernos.

Y a querernos. No cabe duda: me estoy haciendo mayor.