Verano querido.

Cuando la hoja del calendario marcaba de repente julio, recordé y releí esta joya de Almudena Grandes, que hace ya un par de años me hizo sonreír y me emocionó. Y volví a repetirme a mí misma: «El verano es el tiempo de la felicidad». Si existen las verdades universales, esta es una de ellas. Al primer rayo de sol, abandonamos el abrigo en un rincón con la misma pasión con que rebuscamos en el cajón hasta dar con el bañador. Vestimos de colores, anudamos pulseras a los tobillos, despertamos de mejor humor, se nos llenan de pecas los carrillos. El verano es sintomático. Y corto. Siempre muy corto. No sé cómo ha pasado, pero ya estamos diciendo adiós a agosto.

En cambio, el invierno fue largo. Tan largo, que se había comido al otoño e hizo lo mismo con la primavera meses después. Y ligeramente complicado también. Quizá por eso este verano me ha sabido a libertad más que ninguno. Creo que mi cuerpo, mi mente y mi espíritu nunca antes habían necesitado tanto unas vacaciones. Un descanso. Una bendita desconexión. En los últimos meses he puesto a prueba mi paciencia, mi fuerza de voluntad y mi autoestima como no lo había hecho hasta ahora. A veces, saliendo triunfadora. Otras, fracasando estrepitosamente. A veces he creído que iba a explotar y otras lo he hecho de verdad tras estamparme contra el suelo, ¡que está siempre tan duro y tan abajo…! Pero la vida -y el invierno- va de eso, de darte el golpe y levantarte para seguir dando guerra. Porque sabes que el verano y los colores para pintarlo, tarde o temprano, llegarán. 

Pintura callejera

Sin embargo, y pese a los días malos, no creo que olvide nunca el último año. Existir es, al fin y al cabo, no dejar nunca de superar etapas. Y esta, sin duda, ha estado completita. Pero es curioso que lo más emocionante, más bonito y más gratificante que me ha pasado en mi vida también ha llegado bajo el ala de este invierno. Vivir es estar siempre expuesto a la paradoja y la ironía. Estos doce meses he aprendido, he conocido a gente maravillosa que ha engrandecido mi rutina, me he preocupado hasta crispar mis nervios, he pasado de todo, he reído a carcajadas, he llorado de rabia, he visitado ciudades que aún no conocía, me he puesto objetivos y los he alcanzado, he seguido órdenes, he hecho lo que me ha dado la reverenda gana y he sentido el miedo y la alegría extrema, también el orgullo y la decepción. He descubierto muchas cosas de mí misma que aún no sabía -algunas buenas, algunas regulares-. He crecido. Supongo que nunca dejamos de crecer.

Y aquí me tienes, repasando mentalmente los últimos dos meses, en los que he me he reconciliado conmigo y con todo lo que me rodea, dos meses en los que he vuelto a creer en la magia de los viajes improvisados y de las noches que sales de tranquis y llegas a casa a las siete y media de la mañana, en que la distancia entre dos buenos amigos no significa nada, en que una tienda de campaña también puede ser un hogar, en que todo lo bueno de la vida no lo compra el dinero. He saboreado de nuevo esa magnífica sensación de que ni todo el oro del mundo podría pagar el preciso y precioso instante en que estás sentado en una playa, mirando al mar, con una botella de sidra medio enterrada en la arena y tus amigos a tu lado, sonriendo igual que tú, respirando junto a ti ese tiempo -que parece que va a durar para siempre- de felicidad.

Llanes

Ahora, la maleta espera a mis pies a que llegue la hora de montarme en un autocar que me lleve al aeropuerto, de reencontrarme con una buena amiga y de coger un avión con destino Bruselas. Estoy inquieta y emocionada. Viajar siempre provoca en mí ambas sensaciones. Lo mejor de todo es que sé que cuando vuelva a mi ciudad la próxima semana, este verano aún no habrá terminado. Septiembre aguarda con mucho por disfrutar. Y cuando llegue el otoño, le recibiré amablemente, lo prometo.

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2 comentarios en “Verano querido.

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