Instantes de San Sebastián.

Ocurre con frecuencia, y nunca llegaremos a conocer el porqué, que huimos hacia todo lo lejano que puede rescatarnos y olvidamos que hay salvavidas

más cerca de lo que pensamos.

 

No sabía lo que me estaba perdiendo a seis horas en tren de mi casa.

Ahora -al menos- ya lo sé.

San Sebastián

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San Sebastián

San Sebastián

 

Fotografías: Iris M. Vázquez Lázaro

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Me consuela pensar que es un síndrome habitual, que no estoy sola. Lo reconozco: yo también soy de esas que tienen 400 canciones en el iPod pero apenas escucha diez, una veintena a lo sumo. Así, en bucle. Sí, yo también soy de esas que se promete que no va a ir pasando temas hasta llegar a uno de sus favoritos, pero que cae, derrotada por una fuerza de voluntad nula, en la misma historia de cada día: esta no, esta tampoco, esta quizá después, ESTA SÍ. También soy de esas que disfruta descubriendo nueva música, pero que siempre, pase lo que pase, regresa irremediablemente a sus ‘clásicos populares’. Echando un ojo a la lista de ‘Las más reproducidas’ de mi inseparable amigo, esto es lo que me encuentro en el TOP 10:

10) ‘ENAMORADO DE UNA BOTELLA’, de Piperrak. Me teletransporta a mi bar favorito, que cerró hace algo más de dos años -aún no lo he superado, ni creo que lo haga-, a mis locos años 20 y todo lo que representan. Su autor no dejó más tiempo y esfuerzo de lo estrictamente necesario en su composición, es cierto, pero a mí me hace saltar y vocear, y, a veces, eso es lo único que una necesita.

9) ‘ALTA FIDELIDAD’, de Lori Meyers. ¿De verdad hace falta explicar por qué es una de mis imprescindibles? ¿¡EN SERIO!? Se me van los pies en cuanto empieza. Y la cabeza. Todo el cuerpo. ¡¡YEIYEEEEEEHHHH!!

8) ‘VIDAS CRUZADAS’, de Quique González. Para mí, una de sus obras maestras. Con esta canción le descubrí, así que tiene un significado más que especial para mí. Y la versión con Iván Ferreiro, pues qué te voy a contar: otra liga. Si tuviera que definir a Quique con una palabra, sería ‘poeta’. Creo que nos ha regalado algunas de las estrofas más jodidamente bonitas de la música de autor de nuestro país de los últimos años. Sabe dar a matar. Pero te mueres con gusto, oye.

7) ‘LIFE’, de Des’ree. No sé qué narices tiene esta canción, pero me encanta. Desde hace años. No me canso de escucharla. Me transmite buen rollo, me pone de buenas. No hay ninguna razón más para que me guste, si te soy sincera. No encaja en el tipo de música que suelo escuchar habitualmente, pero quizá precisamente por eso me mola tanto. Y porque entiendo lo que estoy cantando, y eso mi ego y la aprendiz-de-inglés-ligeramente-frustrada que hay en mí lo agradecen.

6) ‘CORAZÓN DE MIMBRE’, de Marea. Si hay algo de rockera en mí, la culpa la tiene esta canción. Fue escucharla por primera vez y caer irremediablemente prendida de Marea, y un poquito enamorada de Kutxi Romero -negaré haber escrito esto-. Lo pienso y me da la risa: pasé de El Canto del Loco a Marea en un plis-plas. Crecemos, cambiamos y cambia lo que escuchamos (inciso: crezco, pero no olvido). En cierta manera, esta canción representa para mí el final de muchas cosas y el comienzo de otras tantas. Mejores, mucho mejores.

5) ‘ALUCINANTE’, de Platero & Tú. Si algún día me diera por rezar -algo que no pasará nunca, probablemente-, rezaría para pedir que volvieran los Platero. Si hubiera nacido quince años antes… Pero, por desgracia, lo más cerca que he estado de verles en directo ha sido un concierto de Fito -junto a sus Fitipaldis- en el que nos deleitó a los asistentes con ‘Al cantar’, acompañado únicamente por su guitarra eléctrica. Vivo con ese consuelo. Esta canción me chifla. Mucho. Yo quiero que en todas las pistolas crezcan flores. Y en las cajetillas de tabaco.

4) ‘AL AMANECER’, de los Fresones Rebeldes. Me suena a infancia. Al disco de ‘Generation Next Music’, de Pepsi, que mi hermano pidió un año para que le trajeran los Reyes Magos. Aunque, sin duda, el gran temazo de ese disco era ‘Train’, de Undrop, yo siempre tuve debilidad por esta pista. ADORO la letra. Creo que define el amor a la perfección: ‘(…) y te miro y no puedo parar de reír, porque sé que tú ves lo mismo que yo vi’. Me sentí muy orgullosa de mí misma cuando logré aprendérmela entera y cantarla del tirón, siendo capaz de respirar con normalidad al mismo tiempo. Uno de los pequeños grandes éxitos de mi simple y feliz pre-adolescencia.

3) ‘LOS DÍAS RAROS’, de Vetusta Morla. Esta canción en directo es la bomba. El mejor final para un concierto. Indescriptible -si no me crees, aún queda mucha gira de Vetusta Morla por delante, lo pruebas y me cuentas; ¡DE NADA!-. Escucharla en casa no tiene tanta gracia, seamos francos, pero viene estupendamente para cantarla mientras te duchas. Los ‘ooooohhh’ del final son una bendición para la estrella de la música que todos llevamos dentro. Y, como ocurre con la práctica totalidad de los temas de esta banda, la letra es una delicia. Es para prestarle atención, para entonarla despacito. Y cada cual que saque sus conclusiones.

2) ‘KIDS’, de MGMT. No me fío de la gente a la que no le gusta esta canción. Creo que es, sencillamente, espectacular. Su principio es el mejor tono de móvil de la Historia de los Tonos de Móvil, y todos lo sabemos. Es de esas melodías pegadizas que se te meten en la cabeza sin que puedas hacer nada por evitarlo. Y la tarareas sin querer toooooodo el tiempo. Tututututututututuuuuutu. Allá tú si pinchas en este enlace -y lo que mola el videoclip, ¿qué?-. El que avisa, no es traidor.

1) ‘AMA, AMA Y ENSANCHA EL ALMA’, de Extremoduro. Mi canción favorita en el mundo mundial. Pero de lejos. A miles de millones de años luz de cualquier otra. Porque yo, antes que nada en la vida, también prefiero ser india, qué quieres que te diga. Y porque dice verdades como puños. Y punto.

Cuestión de fe.

Creo en los poderes curativos de las natillas de mi abuela. En la fuerza de un rayito de sol para empujarnos a salir a la calle. En las fronteras que sólo separan tierras, no territorios ni personas. Creo en Johnny Depp y en Robe Iniesta. Creo en quien duerme en un aeropuerto esperando por un avión y en aquellos a los que un viaje siempre se les hace condenadamente corto. Creo en la ilusión de creer. En el trocito de verano que se asoma tras las primeras cerezas del mes de mayo. En la gente que no tiene miedo de equivocarse y ve en sus errores el camino hacia el acierto. Creo en el milagro de los panes de ajo y el vino con naranja. En las pequeñas victorias del día a día: aparcar el coche esquivando todas las columnas que se mueven, pintarme las uñas sin pintarme los dedos. Creo en el reflejo que veo de mí en el espejo tras un ratito contigo.

Peliagudo asunto este de la fe. Si algo está claro, es que todos necesitamos creer en algo o en alguien para evitar que el ‘cinco minutos [nada] más’ de cada mañana al despertar no se alargue hasta el mediodía. Y el que diga que no, miente. Hay quien se santigua y reza en una iglesia. Otros lo hacen en el Vicente Calderón. La fe se manifiesta de las formas más variopintas. Pero es curioso: qué poquito nos acordamos de creer en nosotros mismos.

Yo creo en la felicidad que se aloja en los granitos de arena de las playas que has pisado. En las manitas regordetas de un bebé. En un lunes festivo. En la absoluta cotidianeidad de una croissant recién hecho untado con tu mermelada favorita.

Desayuno