Que la vida es un ratico…

Me encuentro en un punto de inflexión en mi vida. En menos de dos meses me caduca el Carné Joven y, lo que es peor, me veré obligada a decir adiós al Bonobús Joven. Allá por mayo, cuando hace la calor, cuando los trigos encañan y están los campos en flor, cumplo 26 primaveras. Y es como si la Junta de Castilla y León y el Ayuntamiento de la ciudad que me vio nacer hubieran decidido reírse en mi cara y regodearse de que, sin remedio, me estoy haciendo mayor. Siento como todos los que acaban de estrenar la década prodigiosa de los 20 me mirasen por encima del hombre con aire de superioridad, expectantes ante todo lo que yo ya he vivido y ahora empiezan ellos a vivir.

No es de extrañar, salvando distancias más que obvias e inmensas, que me sienta irremediablemente identificada con Jep Gambardella, el exquisito protagonista de ‘La gran belleza’ (2013)ese homenaje al carpe diem y a la caput mundi que Paolo Sorrentino ha tenido a bien regalarnos y que le da consagrado como el nuevo rey del cine italiano, Oscar y Globo de Oro mediante. Un retrato sobre lo humano y lo divino, sobre el paso del tiempo como revelación.  En un momento de la película, Jep se dice a sí mismo: «(…) me di cuenta que no podía perder el tiempo haciendo cosas que no quería». Y yo no tenía muy claro si lo había dicho él o lo había pensado yo. Míranos, querido Jep: ¡tan distintos y tan iguales a la vez…!

La gran belleza

Todos, absolutamente TO-DOS, los actores ofrecen interpretaciones primorosas, como si hubieran elegido a dedo un papel en el que sabían que relucirían. Al frente, Toni Servillo. Desde el instante mismo en que aparece en pantalla, con ese bailecito, esa americana y el cigarro entre los dientes, galán y altanero, te enamora. A mí, al menos, me enamoró. Lo reconozco. Perdería la cabeza por Jep Gambardella si existiera y tuviera la planta del actor italiano. Y si tuviera cuarenta años menos. Qué demonios, aún con esos 65 recién cumplidos que le caen sobre los hombros como un frío jarro de realidad, perdería la cabeza por él. Precisamente, la fiesta de celebración de tan significativo aniversario, en el ático con vistas al Coliseo en el que vive -como un marqués- el protagonista, es el punto de partida del filme, una genialidad en la que cada plano es una auténtica bendición para la retina y la porción cinematográfica del alma. Una exultante secuencia inicial que repasa los frívolos rostros con que Gambardella comparte su existencia nos adentra en el relato.

La gran bellezaJep vive de las rentas de una exitosa novela que escribió en su juventud y gasta las noches -y las mañanas- de fiesta en fiesta, corre que te corre el Martini, por las azoteas y garitos de moda de esa ciudad tan mundana como sobrenatural que es Roma, a la que llegó, mira tú qué cosas, con 26 añitos. Cínico, misántropo -como él mismo se define-, irónico y de hábitos banales, se dedica a entrevistar a artistas y a escribir críticas con una pluma tan afilada como su lengua. Tras su cumpleaños, a su alrededor se producen varios sucesos que le hacen replantearse el sentido de su vida, que ha gastado en buscar, sin éxito alguno, esa gran belleza a la que menta el título de la cinta. Se da cuenta de que lo único que ha encontrado ha sido la enorme nada. El vacío más absoluto.

¿Y qué hacer entonces, cuando son más los años a la espalda que los que esperan en el porvenir? ¿Cuando ya casi nada te sorprende y hasta Roma te ha decepcionado -síntoma inequívoco de que algo estás haciendo realmente mal, chaval-? ¿Cuando, por primera vez en mucho tiempo, sientes miedo? Miedo, y algo de pena por ti, que es la peor pena que uno puede sentir. A esas preguntas trata de dar respuesta Sorrentino en algo más de dos horas de película. Un aviso: que la brutal banda sonora no os haga perder el hilo de la narración. Qué suerte que el cineasta italiano haya sabido entrelazar de forma tan rutilante cada elemento que ha tenido a su alcance para dar forma a ‘La gran belleza’. Eso sí que es todo un arte.

No sabría decir qué es exactamente lo que convierte a ‘La gran belleza’ en una obra maestra, pero sí sé que hacía mucho que una película no conseguía hacerme pensar tanto, sobre mí y sobre lo que me rodea, y disfrutar en mi butaca. Y ese es el verdadero poder del cine. Ese, y el de hacerte querer comprar un vuelo para Roma ya mismo -prometo hacerlo con 26-. No paga a traidores y hace muy bien, ¡y qué insultantemente bonita es!

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