Tarde de teatro para los sentidos.

Dos montajes teatrales antagónicos visitaron Valladolid el pasado fin de semana. En el Centro Cultural Miguel Delibes recaló el sábado ‘La llamada’, el éxito inesperado de la temporada escrito y dirigido por dos jóvenes que comparten nombre, Javier, y llevan por apellidos Ambrossi y Calvo. También el sábado, y repitiendo el domingo, el Teatro Calderón abrió sus butacas y palcos a varios iconos de la interpretación patria que, bajo la batuta de un incansable José María Pou, pusieron en escena con contagiosa pasión ‘Los hijos de Kennedy’.

Macarena García protagoniza ‘La llamada’, un canto -y nunca mejor dicho- a duejarse llevar, a no arrepentirse de lo vivido, a la juventud y a la curiosidad, a perder el miedo a los cambios. Da vida a María, una muchacha de 17 años recluida durante el verano en un campamento cristiano perdido por tierras segovianas mal llamado ‘La Brújula’. Desde la litera de abajo, le acompaña en la desdicha su amiga del alma y del reggaeton, Susana, a la que da vida una alocada Anna Castillo que parece estar en estado de gracia bajo la cruz que pende sobre sus cabezas.

Con el lema ‘Lo hacemos y ya vemos’ como estandarte, las dos muchachas se beben la vida a tragos cortos -de Vodka-, ganándose a cada paso el cariño de Milagros -Belén Cuesta-, una joven monja que gasta sus veranos en el campamento, y desesperando a Sor Bernarda, espléndidamente interpretada por Gracia Olayo. Las intenciones de las chicas de pasar su estancia en ‘La Brújula’ escapándose cada noche para irse de fiesta se desvanecen cuando algo empieza a cambiar en su interior. A María, cuando duerme, se le aparece Dios -Richard Collins Moore- y le canta canciones de Whitney Houston. Susana se enamora, aunque no de la persona que ella hubiera esperado. A partir de ahí, ambas comienzan a replantearse su existencia, a preguntarse qué es lo que de verdad quieren. Y mientras tratan de encontrar su camino, nos dejan sobre el escenario momentos dulces, divertidos y entrañables.

‘La llamada’ es una comedia fresca en la que no falta la música -con boy band en directo incluida-, una obra tierna a la vez que satírica, una reflexión sobre la fe, sea en lo que sea. Sin desmerecer al guión, cuya calidad es propia más de unos veteranos que de unos recién estrenados en la dirección teatral, el punto fuerte de ‘La llamada’ es, sin duda, su reparto. Si bien es cierto que el peso del montaje recae en Macarena García, que lo hace mejor que bien, lo cierto es que sus tres compañeras se la comen sólo con mirarla. Inundan el escenario. Belén Cuesta tiene un potencial cómico que se le sale por los poros de la piel. Ana Castillo es descarada e intensa, tanto, que casi logra sobresalir en el elenco protagonista sobre Gracia Olayo, sin duda, la gran estrella de ‘La llamada’. Brillante como Sor Bernarda, borda cada una de sus intervenciones. Un lujo disfrutarla sobre las tablas en una historia que es una pompa.

‘Los hijos de Kennedy’ es, en cambio, un drama que ahonda en las frustraciones, en todos esos ‘lo que puedo haber sido y no fue’, en los fantasmas que todos, sin excepción, cargamos a la espalda. Maribel Verdú, Ariadna Gil y Emma Suárez son el trío de damas que protagonizan el montaje, adaptación de Pou de la obra homónima de Robert Patrick, estrenada en 1975. Junto a ellas, todo un caballero de la escena de nuestro país, Fernando Cayo, y un valor en alza, Álex García. Los cinco coinciden en un bar de mala muerte y cavilan ante el público sobre el devenir que tomaron sus vidas tras el asesinato de John Fitzgerald Kennedy en 1963. Sobre los tumultuosos años 60. Sobre el fin de una era que apenas había empezado.

Quedarse con uno de los cinco es tarea complicada. Imposible, diría. Incluso cuando callan, parecen hablarte también. Sus monólogos, espléndidamente trabados, se alternan durante casi dos horas de función en las que te sorprende lo fácil que te resulta creerte que son quienes fingen ser. Emma Suárez reluce en el papel de una secretaria algo chapada a la antigua para quien el matrimonio Kennedy era un símbolo de esperanza. Álex García te atrapa con su voz y su magnetismo, dando vida a un soldado atormentado tras la guerra de Vietnam. Ariadna Gil, una hippie desencantada, se mueve como pez en el agua sobre el escenario, ondeando su falda larga a ritmo de prosa. Maribel Verdú se mete en la piel de una aspirante a Marilyn Monroe,  a medio camino entre actriz y prostituta, con la que conquista al público apenas abre la boca por primera vez. Fernando Cayo hasta se permite el lujo de marcarse un número de claqué y embelesa al respetable interpretando a un actor gay sin oficio ni beneficio. El intérprete volvió al teatro más emblemático de su ciudad natal -que este 2014 celebra su 150 aniversario- y salió por la puerta grande. Todos lo hicieron. 

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