Mi abuela y sus croquetas.

Es lunes. Me dan bastante pereza los lunes, en general. Siempre me resulta difícil despertarme los lunes. En realidad, también me pasa los martes y no te quiero ni contar los viernes, pero los lunes me pesa particularmente el cuerpo. Pero, en fin, no cuesta nada buscarle el lado bueno hasta a los lunes y yo se lo he encontrado a este: he tenido croquetas de mi abuela para comer. Creo que ella ya lo sabe, o lo intuye, al menos, pero debería recordarle que sus croquetas me alegran la vida. Que hacen que no me parezcan tan malos los lunes, con lo difícil que es mejorar un día que es una caquita por naturaleza, salvo raras excepciones o destellos de luz que te regala en algún momento de sus eternas 24 horas.

Desde que acabaron mis vacaciones de verano -ah, en vacaciones los lunes sí que molan bastante-, como en la oficina. La razón es que el día, sea lunes o jueves, da de sí lo que da, y que yo me he metido en muchos berenjenales en horario extra-laboral, así que la hora de comer de ‘hora’ tiene poco. Me pongo algún capítulo de alguna serie -¿qué hago yo con mi vida ahora que me he terminado ‘Sons of Anarchy’?- o me dedico a leer algún artículo o reportaje que tenía atrasado. Pero hoy, aquí estoy, dándole a la tecla, con el tupper vacío al lado, ya sin las croquetas de mi abuela, que gustosamente he ingerido. Considero que mis hermanos, mis primos, ahora mi sobrina también y yo misma somos unos privilegiados por habernos criado con esas croquetas. Cocretas, como dice ella.

Mi abuela es como deberían ser todas las abuelas: buena, generosa, dulce. Yo creo que nunca me ha reñido, o no me acuerdo. Me ha cuidado, me ha enseñado, me ha mimado. Aún lo hace. Mi abuela me ha hecho los mejores regalos, y no han sido, por supuesto, cosas materiales. Hasta me ha regalado su nombre. A veces, le cuento cosas de las que creo que no se está enterando ni de la mitad, pero pone cara de que todo lo que digo es muy interesante. Me he pasado media vida sentada en sus rodillas. Creo que no he visto llorar a mi abuela jamás. Mi abuela es fuerte, y un poco cabezota a veces. En eso, he salido a ella.

Cuando era pequeña, mi momento favorito del día (de la vida) era salir del cole y ver a mi abuela esperándome en la puerta. Siempre me decía que tenía las manos muy calentitas. Ahora siempre las tengo frías. Intento disimularlo, aunque creo que se me nota: me lleva a los demonios cuando alguien me quita MI sitio a su lado en las comidas o meriendas familiares. Me encanta hablar por teléfono con ella y que siempre se despida con un ‘ale’. Y cuando vamos juntas por la calle y le dice a alguien toda orgullosa: «Esta es mi nieta, la pequeña de mi hija la mayor». Yo también me siento muy orgullosa en ese momento: ese es un título que sólo ostento yo.

Mi abuela es esa mujer con la que me iba a andar todas las mañanas en el verano de mis 16 porque el médico me había puesto a dieta y tenía que moverme más, y antes de llegar a casa, me compraba un ocho de chocolate. Para eso están las abuelas, ¿no? Cuando yo nací, pesé muy poquito, aunque enseguida cogí los kilos que me faltaban (y alguno más, por si acaso, del que todavía estoy por librarme). Me he criado bien. Yo sé que la culpa es, en gran parte, de ella y sus croquetas. Y de aquellos ochos de chocolate.

Lo que más me gusta hacer en el mundo es hacer reír a mi abuela. Y lo que más me gusta que me digan es que me parezco a ella.

Las abuelas y sus croquetas deberían ser eternas.

Resacón post-fiesta democrática.

No me entusiasma especialmente hablar de política. Primero, porque es un tema que me aburre bastante, la verdad, y más si es a nivel nacional. ¿No se os está haciendo interminable la resaca de la fiesta de la democracia? Segundo, porque creo que saca lo peor de cada uno y consigue que una tranquila conversación con amigos se convierta en discusión. Todavía no hemos aprendido a respetar lo que piensa el otro, y es un lastre que arrastramos desde tiempos inmemoriales. Y tercero, porque, como en muchos otros asuntos, considero que estoy bastante limitada. Tengo unos ideales que defiendo, como todo el mundo, y unas convicciones que pongo en práctica siempre que tengo ocasión, pero poco más. Argumentos que expongo llegado el caso, comentarios que no tolero y una galopante vergüenza ajena con la que carga mi espíritu crítico, pero estoy a años luz de considerar que saldré moral e intelectualmente ilesa si me meto en ciertos berenjenales.

bañoEso no quita que no disfrute ejerciendo mi derecho al voto. Lo hago, y mucho. Hoy, precisamente, se cumplen 128 años del nacimiento de Clara Campoamor. Ella y otras tantas lucharon tanto, tanto porque jovencitas como yo pudieran votar en tiempos de la República, que hoy no puedo más que ir radiante a depositar mi papeleta cuando toca. Me siento obligada como ciudadana. Y como mujer. Como no escondo a quién voto -aunque quisiera, se me ve venir-, mucha gente me ha soltado tras las últimas elecciones generales eso de: «¿Y no crees que has tirado a la basura tu voto?». ¿Por qué? ¿Por no habérselo dado a quienes iban más encarrilados en las encuestas? ¿Por no haber contribuido con mi voto a seguir dando alas al bipartidismo? Lo habría tirado a la basura si no hubiera ido a votar, o si hubiera votado a alguien en quien no creo. A alguien por quien no me siento representada. A alguien cuyos planteamientos no comparto, ni compartiré jamás. ¿Debí venderme por el cambio? Quizá, yo qué sé. Estoy un poco hartica de la cantinela del ‘voto útil’. ¿Útil para quién, exactamente?

Ayer me encontré el panorama de la foto cuando fui al baño en un bar de mi ciudad. Me hizo sonreír, la verdad. Pensé en todos los que me han preguntado si no siento que desperdicié mi voto. Sonreí otra vez, porque recordé que, aunque mi voto no ha cambiado nada (visto el panorama, ¿lo ha hecho el de alguien?), fui fiel a mí misma. Y tengo la conciencia tranquila por ello. Creo que es la mejor respuesta que puedo darles. Me pregunto si se sienten igual…

Sobre aviones perdidos.

Una vez perdí un avión. Y no, no fue culpa mía y de la impuntualidad que me caracteriza y de la que, lo prometo, intento librarme cada día. La culpa fue de Trenitalia. Mientras miraba el reloj y era consciente de que iba a despegar sin mí, lloraba a moco tendido. Hoy recuerdo aquella estampa desoladora, me veo a mí misma corriendo por aeropuertos y estaciones de trenes, con dos maletas rojas repletas de regalos -volvía, como el turrón, a casa por Navidad- a cuestas, dos maletas que pesaban como dos demonios, y me río. A menudo, momentos que vivimos como auténticos dramas, como si se fuera a acabar el mundo al minuto siguiente, se convierten en comedia tiempo después. Qué pocas buenas historias tendríamos para compartir con los demás si todo saliera según nuestros planes. La vida, casi siempre, es más bonita y mucho más divertida cuando no te la esperas. Me gusta contar la historia de cuando perdí un avión, porque todo el mundo pierde trenes o pierde el autobús, pero somos muchos menos los que hemos perdido un avión.

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Maya Angelou -que le ruego desde ya que me perdone, pero no tengo ni la más remota idea de quién es, fiché la frase que viene a continuación en algún recóndito lugar de Internet- escribió: «He aprendido que puedes saber mucho de una persona por la manera en que se enfrenta a estas tres cosas: los días de lluvia, los equipajes perdidos y las luces del árbol de Navidad enredadas». Lo del avión también me vale. Creo que lo que más gracia me hace al recordar esa odisea es lo fatal que reaccioné

Los años me han dado perspectiva y templanza. Si me pasara hoy, lo afrontaría de una manera muy diferente. Lo tomaría como una señal divina de que, allá dónde esté, debo quedarme un ratito más. Aparcaría la maleta (que ahora es de flores) y la mochila de cuero que viajó conmigo una vez a La Habana y ya no ha dejado de acompañarme, y disfrutaría de la aventura. No lloraría. Entendería que lo importante siempre es llegar, aunque sea a la mañana siguiente. Y, mientras tanto, ver qué pasa. A veces perder un avión no es malo. Al poco llega otro, y a lo mejor es más grande y puedes estirar bien las piernas, y te dan almohada por si quieres echar una cabezadita (¡viva Lufthansa!). Perder sienta tan bien de vez en cuando… A veces, simplemente, ese no es el avión que te toca coger. Ya sabéis lo que quiero decir 😉

La trenza del talento.

Que la culpa es de la tierra, y de ese genio -y genialidad- que le sale por cada poro de su cuerpo menudo en apariencia, inagotable en su esencia. Y de todo lo que dice con cada guiño que le hace a la vida y a quien tiene enfrente. Y con unas manos y unos dedos que van dejando estela. Y con una sonrisa que, siempre, le llena la cara entera. El torbellino Inma Cuesta (Valencia, 1980) arrasa allá por donde pasa. Protagoniza ‘La novia’, la adaptación de ‘Bodas de sangre’, una de las grandes tragedias del inmortal Lorca, que firma la cineasta aragonesa Paula Ortiz. Una novia que el viernes se vistió de blanco para hacer su entrada en los cines españoles. Se hizo en el pelo una trenza -que se ha vuelto ya signo distintivo de quien le da la voz y el alma-, se amarró a los brazos de dos hombres que son sus dos amores (magistralmente interpretados por Asier Etxeandía y Álex García) y echó a volar. Ahora viene una parte del proceso de la que quiere disfrutar «cuanto sea posible»: compartir la cinta con el público. 

Inma Cuesta en 'La novia'

Se le ilumina la tez morena hablando de ‘La novia’, un largometraje que ha supuesto para ella un «viaje catártico». «Tuve que deambular por recuerdos personales. Abrí cajoncitos y encontré muchas cositas que no estaban bien, que no habían sanado», afirma. Asegura haberse entregado «al 500%» en el proyecto, haberse «dejado el alma», y queda patente desde el principio hasta el final de la película, en la que resplandece. Ha llevado al séptimo arte a uno de los personajes emblemáticos de la obra del autor granadino, que siempre ha estado muy presente en su vida. «Se me desbocó el corazón cuando Paula me llamó para proponerme este papel, porque Lorca está muy cerca de mí, memorizaba textos suyos cuando era pequeña y quería ser actriz, así que siento que ahora se ha cerrado un círculo», comenta. 

La actriz, criada en un Jaén que se escapa a borbotones por su acento, regresa, así, al drama, género en el que, para muchos, es donde su talento más brilla. Ella, ni respalda la premisa ni se muestra en contra: «De lo que se trata es de los personajes, porque un intérprete lo que hace es cirugía de las emociones». «No me siento más cómoda en un género que en otro, la comodidad no ha venido aún», explica. «En el momento en que me acomode, será que ya no tendré nada que aprender. Entonces, me retiraré», sentencia. 

Inma Cuesta como Ruth en 'Tres bodas de más'

En los próximos meses pasará de nuevo por la gran pantalla con dos títulos: ‘Julieta’, de Pedro Almodóvar, y ‘Kóblic’, bajo la batuta del realizador argentino Sebastián Borensztein. Ambos trabajos han supuesto para ella nuevos pasos. El primero, por «entrar a formar parte de la cinematografía de un director que pasará a la historia del cine». El segundo, porque ha sido su primer rodaje fuera de España, en Argentina, con Ricardo Darín regalándole la réplica. «Esta película ha sido muy transformadora para mí por estar lejos de todo», señala. «Allí no era nadie y fue muy bonito, sentí que acababa de llegar y que aún me queda mucho por hacer y aprender», añade. 

Reconoce haber tenido mucha suerte, pero también haber dado todo de sí misma. «Yo no he llegado aquí por casualidad. La constancia y el esfuerzo han sido las claves», comenta. La seguridad que desprende en todo lo que hace y todo lo que es, resultaría quizá soberbia en otras bocas. En la suya, suena a recompensa ganada a pulso, fruto de una carrera en la que ha sabido conjugar a la perfección sus apariciones en cine, teatro y televisión, cosechando éxitos por doquier. 

En cuanto al futuro, todo apunta a que pasará por cambiar de bando y situarse tras la cámara. «Antes escribía mucho y ahora lo he retomado, me gustaría ponerme al otro lado, porque cuando actúas, al final estás contando una historia que ha escrito otro», comenta. Y para encontrar esas historias propias y recuperar las ya atesoradas, a corto plazo sólo planea «vivir para contarlo». «Ahora mismo, necesito parar un poco, descansar», dice, y al rato implora por que alguien la llame para una comedia musical. Inma Cuesta no puede parar, es una mente inquieta, una mujer orquesta destinada a existir en permanente movimiento. Quedan garra, arte y trenza para rato

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Este perfil de Inma Cuesta fue mi práctica en el taller ‘Cómo escribir de cine’ de la Escuela de Periodismo de El País, en que he participado durante este fin de semana. Gregorio Belinchón, redactor de cine del periódico, fue el encargado de impartir el curso. Pudimos ver ‘La novia’ y charlar durante un par de horas con la actriz. Una experiencia de lo más enriquecedora y muy recomendable. 

I dream of para-para-paradise…

Johnny Cash, al ser preguntado por su definición de paraíso

El concepto de paraíso es diferente para cada cual. Hay tantos paraísos como opiniones -como culos-, cada uno tiene el suyo. O unos cuantos. Para mí, el paraíso es una tarde en casa de mi abuela, con toda la  familia reunida, celebrando un cumpleaños o la Navidad, o simplemente que es domingo y hemos podido vaguear. Un coche con algunos de mis amigos dentro, en un trayecto, largo o corto, de esos en que se entremezclan las risas, la radio sonando y el ruido del intermitente (soy de las que disfrutan tanto en el camino como en el destino, incluso aunque vaya sola y esté montada cinco horas en un autocar; por eso siempre pido ventanilla). Creo que me gustan en especial los viajes en coche, sobre todo cuando no son en ciudad, porque no hay escapatoria: estáis tú y tus acompañantes y conversaciones que parecen hechas específicamente para ser mantenidas en un coche, y el resto del mundo queda lejos, muy lejos, de ese microuniverso.

Para mí, el paraíso es un festival de música, de los que duran cuatro días y tardas dos semanas en recuperarte. Algunos bares, con mis canciones preferidas sonando, una cerveza en la mano y algún colega colgando del otro brazo. Volver a casa después de estar fuera todo el día o sólo diez minutos, y, sobre todo, cuando vuelvo después de un viaje, y mi perro viene a recibirme como si hiciera un siglo que no me ve, con su pelota amarilla en la boca. 

Este es, más bien, un paraíso emocional, y esos son mis favoritos. Como el que describió Johnny Cash cuando le preguntaron por su definición del paraíso. ¿Acaso hay una descripción mejor de lo que es el amor? Joder, me cuesta imaginarlo. Pero no estamos hablando del amor, sino del paraíso. Me encantaría saber qué es para ti el paraíso. Si, para ti, personica que estás leyendo esto 🙂 

Marrakech, el fascinante tesoro rojo del Magreb (I)

Me suelen flipar los anuncios de Ikea, lo reconozco, pero no estoy de acuerdo con el slogan de su última campaña: ‘Nada como el hogar para amueblarnos la cabeza’. En mi opinión, no hay nada como salir del hogar para abrir nuestra mente, construir en ella unos tabiques más firmes y llenarla de detalles irrepetibles, de los que no pueden comprarse en grandes superficies ni encontrarás exactamente iguales sobre los hombros del vecino. De los que no tiene precio, vaya. Este septiembre he tachado de mi lista de ciudades por visitar la sorprendente e inagotable Marrakech. Me apasiona conocer lugares en que el contraste cultural con mi país de origen es tan brutal, por lo que he disfrutado de este viaje como una auténtica enana. He vuelto totalmente enamorada de una ciudad que parece regirse sin ley alguna y en la que el caos y la agitación están a la orden del día. Ciudad no apta para almas que busquen un poquito de tranquilidad. Sí para quienes, como yo, busquen la desconexión más absoluta, porque Marrakech te absorbe por completo en cuanto pones un pie en ella, en cuanto te aventuras a cruzar los muros rojizos de su medina. Eso es lo que la hace tan maravillosa. 

Plaza Jemma El Fna

Sin duda, uno de los grandes aciertos del viaje ha sido el alojamiento. Quería que fuera un riad (antiguas casonas reconvertidas en hoteles de semilujo) y no un hotel común, fácil de encontrar en cualquiera otra ciudad del mundo. Quería ser invadida por el Marruecos más auténtico incluso mientras dormía. Buscando y buscando por Internet, di con una joyita: el riad Dar Al Kounouz, regentado por un francés llamado Dominique. Me sorprendió no encontrar ni un solo comentario negativo en TripAdvisor, ¡con lo que nos gusta criticar (en todo el mundo, en general, y en España, en particular)! Así que tras valorar otras opciones, me lancé a reservar.

Desayuno en Dar Al KounouzLa verdad es que creo que no podríamos haber elegido mejor. No sabría con qué quedarme: si con la ubicación, a 10-15 minutos de la plaza Jemaa El Fna, eje de la vida en Marrakech (a la que se llega siguiendo dos calles rectas desde el riad, por lo que el camino es hipersencillo); el fantástico precio, ya que por cinco noches pagamos dos personas 250 euros en total; esas habitaciones tan bonitas y plagadas de detalles; la exquisita decoración, árabe 100×100; el precioso patio central y la azotea; el delicioso desayuno, incluido en el precio… Además, nos ofrecían servicio de traslado desde el aeropuerto hasta el riad y viceversa, para el día de vuelta, por tan sólo 15 euros trayecto. Bueno, sí sé con qué me quedaría, porque al final, vayas donde vayas, lo mejor que te encuentras son siempre las personas. Youssef y Zacarías, los dos empleados de Dominique, se portan de 10 con nosotras, al igual que el propio dueño. Los dos primeros días estábamos solas en el riad, así que nos sentimos como unas reinas. Es que éramos sus reinas, en realidad.

Minarete de KoutoubiaSí, fuimos solas dos chicas y hemos vuelto sanas, salvas y felices. No faltaron -sobraron, de hecho- comentarios en las semanas previas en alusión a este hecho: que si cómo vais dos chicas solas, que si a ver si os va a pasar algo, que si no salgáis por la noche, que si no habléis con nadie, que si no se os ocurra alejaros nunca jamás del perímetro de vuestra casa, no sea que corráis el riesgo de que se os despeine el flequillo o, peor aún, de vivir un poco… Pues qué puedo decir: hablé con todo perro pichichi, salí por la noche y me mezclé con los locales, y eso ha sido lo más emocionante de este viaje y lo que ha dado lugar a las mejores anécdotas. Quizá sea porque no me cuesta en exceso adaptarme a ambientes a los que no estoy habituada, pero lo cierto es que en ningún momento me sentí desprotegida por ir sin un hombretón al lado.

Uno de esos no podría haberme salvado de ser arrollada por alguna de las miles de motocicletas que circulan por la medina, pese a tenerlo prohibido, y no lo habría necesitado para nada más. Claro que me pararon cada dos pasos para intentar venderme algo o simplemente para echarme un piropo, pero, llamadme temeraria, hasta el momento defenderme de eso yo solita. La verdad es que lo disfruté. Son zalameros por naturaleza, y si a eso le sumas que mi persona ha tenido un éxito arrollador sin precedentes (que ya quisiera tener en Europa) en la ciudad,  el resultado es… Exacto: volver a casa con la autoestima allá por las nubes. ¡Shukran, Marrakech! 😉

Haciendo memoria, me doy cuenta de que no hablé con ninguna mujer, más que con Fátima, que trabaja en la limpieza del riad, y una de las cocineras del puesto en que solíamos cenar en Jemma El Fna. Y con la chica que nos vendió la entrada en la Maison de la Photographie. En los zocos trabajan sólo hombres, o, al menos, es la impresión con la que me he vuelto a casa. Facilita mucho las cosas el hecho de que casi todos chapurrean inglés y/o español (además de japonés, alemán, italiano, euskera y catalán si es preciso…), lo que hace más fácil que les expliques que no estás interesado en esos variopintos productos -que van desde babuchas hasta especias, pasando por artículos de piel, joyas, lámparas, teteras y hasta camaleones- que tratan de venderte o que te están molestando, si se da el caso. 

Zocos de Marrakech

Este viaje ha sido una auténtica experiencia para todos mis sentidos y, sobre todo, para mi espíritu. Podría contar mil cosas más y… lo haré 🙂 

Sobre la normalidad y otras cualidades que no quiero para mí.

Requisitos para ser una persona normalTrabajo. Casa. Pareja. Aficiones. Vida social. Vida familiar. Ser feliz. Esos son los siete ‘Requisitos para ser una persona normal’ de los que habla Leticia Dolera en su ‘Requisitos para ser una persona normal’, que se estrenó en los cines hace unas semanas. Ella misma la protagoniza también, dando vida a María de las Montañas, una joven que llega a la treintena y se da cuenta de que su vida no es ni remotamente parecida a como se imaginaba que sería con tres décadas a las espaldas. De esos siete requisitos, no cumple ninguno. Aunque, claro, no tienen ninguna base científica, simplemente es una lista que ella misma elabora porque cree que es lo que necesita para encajar, porque cree que es lo que se espera de ella.

Salí del cine con una sonrisa, porque es una película sincera, tierna, con un guión al que es difícil poner algún pero, divertida también, simple en su argumento pero que te hace pararte a pensar. Creo que lo importante -lo necesario, lo imprescindible- de cualquier experiencia, incluso de las más simples, es que te deje cierto poso, y a mí me ha pasado con esta película. Me hizo reflexionar sobre aquello que me hace realmente feliz, que no es, seguramente, lo mismo que te hace feliz a ti

Dolera ha empleado un recurso maravilloso en su película: la presencia en el filme de Ikea, esa marca que aboga porque las casas de todos sean exactamente iguales las unas a las otras. Y quien dice las casas, dice los muebles del cerebro. En Ikea cada tornillo tiene su función, cada pieza encaja con otra, todo tiene su razón y su lugar. No hay un hueco para la sorpresa, para lo insólito. No nos damos cuenta, pero constantemente nos bombardean con productos, incluso con ideas, encaminados a conseguir que todos seamos réplicas de todos, por dentro y por fuera. Por eso, cuando aparece ante nosotros alguien que se sale de esos cánones que nos han metido con calzador, nos choca y, a menudo, mostramos cierto rechazo. El término ‘normal’ hoy en día representa mucho más que aquello que Dolera apunta en su película. No tiene sentido, ¿verdad? Toda la vida buscando ser diferentes, ser especiales, y resulta que ahora si te sales un pelín de los parámetros establecidos, ya no eres una persona normal, que significa precisamente eso: ser alguien exactamente igual que los demás, alguien que no sobresale, alguien que no destaca. ¿Alguien plano?

En serio, ¿quién quiere ser normal? Ayer tuve la oportunidad de ver a Asier Etxeandía en ‘El Intérprete’ y pronunció una de las frases más sabias que he escuchado en mucho tiempo: «Con vergüenza no se consiguen los sueños». Él, que es un ser extraordinario, Asir Etxeandía, ‘El Intérprete’ – ‘Volver’ + ‘Psychokiller’, deja estela allá por dónde va precisamente por eso, porque no es una persona normal. ‘Normal’ entendido como ‘común’. Imagino que no ha llegado a donde está precisamente por haberse rebajado a ser alguien ‘corriente’. Alguien ‘normal’ nunca saca los pies del tiesto ni abandona su zona de confort con frecuencia por miedo al qué será, será. Corrijo: fueron muchas las frases memorables que pronunció Etxeandía durante dos horas y media de puro espectáculo. Otra de las que me guardé fue esta: «Defiende tu sombrero por muy ridículo que parezca». En fin, a buen entendedor…

Yo tampoco cumplo todos los requisitos para ser una persona normal que Dolera enumera en la cinta. Pero sí el más importante: ser feliz. Tampoco sé si hoy en día eso es muy normal…

He cumplido 27 años. No tengo ninguna cualificación y, lo que es peor,

ningún talento especial. Además, tengo gustos que requieren,

como mínimo, 80.000 libras al año.

(‘Esnobs’, Julian Fellowes)

¡Que estaba de parranda…!

Hace algo más de tres meses que no me pasaba por aquí. Parece poco tiempo,en realidad. Sin embargo, me han pasado infinidad de cosas. Por ejemplo, me han detectado alergia a las gramíneas. Y al níquel. Para los que no lo sepáis, el níquel está en todas partes. En las monedas, en una simple cremallera. ¡Yuhu! Era más feliz cuando no lo sabía. A partir de ahora, si me queréis regalar joyas, que sean buenas. También he visto dos obras de teatro que me han marcado, ambas dirigidas por Sergio Peris-Mencheta: ‘Continuidad de los parques’, con un Luis Zahera en estado de gracia (me pirran su voz y su acento, no lo puedo evitar); y ‘Un trozo invisible de este mundo’, en la que Juan Diego Botto se marca cinco monólogos para el recuerdo (escritos por él mismo, by the way). Salir del teatro con el corazón tocado es maravilloso, me ocurrió en sendas ocasiones.

Las artes escénicas han sido protagonistas de estos tres meses de mi vida también por otra razón. Entre el 27 y el 31 de mayo se ha celebrado la décimo sexta edición del Festival Internacional de Teatro y Artes de Calle de Valladolid. Mi querido TAC. Apenas llevaba dos meses como becaria en mi empresa cuando me tocó ocuparme por primera vez de este festival prácticamente en solitario. Estaba, literalmente, acojonada. Sobreviví. Me enamoré irremediablemente. Este ha sido mi tercer TAC como responsable de comunicación -me sigue dando vértigo- y, sin duda, el más especial de todos. Lloré cuando se acabó. Me he guardado para mí infinidad de risas, nuevas caras amigas, una gran satisfacción por el trabajo realizado, un puñado de montajes que me han conquistado y un beso de Marc Pujol, miembro de Obskené, que nos dejaron disfrutar como enanos a mí y a cientos de pucelanos de esa genialidad que es ‘Fuenteovejuna. Breve tratado sobre las ovejas domésticas’.

Obskené - 'Fuenteovejuna. Breve tratado sobre las ovejas domésticas'

Obskené en el TAC 2015 con ‘Fuenteovejuna. Breve tratado sobre las ovejas domésticas’ (por Gerardo Sanz, fotógrafo oficial del festival)

No lloré, si soy sincera, cuando acabó otro encuentro que ha ocupado muchos de mis días desde la última vez que me dejé caer por aquí. Esta vez, una cita literaria, la 48 Feria del Libro de Valladolid, que me brindó la oportunidad de conocer a Julio Llamazares, JJ Armas Marcelo y Carlos Hernández de Miguel, entre otros, y de la que me llevé muchas nuevas letras para leer. No lloré por la sencilla razón de que no estaba aquí para verla concluir. Unos días antes de que terminara, me monté en un avión con cinco amigos rumbo a Turín, la ciudad en la que gastamos nueve meses de nuestras vidas hace ya unos cuantos años. Ay, la vida Erasmus, la vida mejor.

Fue extraño volver a aquella ciudad y comprobar que todo seguía tan igual y, a la vez, que todo era tan distinto. Bueno, quizá sólo éramos nosotros los diferentes, nuestras circunstancias, la mochila que llevábamos a la espalda esta vez paseando bajo los soportales de Via Po. Vimos la Sábana Santa, que sólo se muestra una vez cada diez años, vivimos el 1 de mayo a la italiana, compartimos con los turineses que la Juve ganaba la liga y descubrimos el cóctel definitivo, hecho a base de ron blanco, vodka, ginebra y licor de melón, que nos proporcionó una noche al más puro estilo Erasmus de la mano de un dj salido de vete a saber dónde que nos hizo bailar como locos. Cuatro días en Turín con esos cinco dan para mucho.

Turín

Mi viaje a tierras italianas me recuerda que ya tengo otro viaje entre manos. ¿El destino? ¡Marrakech! Será en septiembre. Quedan aún más de tres meses. Uff. Ah, y se me ha casado una prima y su boda derivó en la compra del abono para el Sonorama. Otro planazo para el verano. He visto a Serrat y a Sabina en concierto, también a La M.O.D.A., Marlango y Maika Makovski; me he leído, por fin, ‘El mundo’, de Juan José Millán (lectura obligada); he terminado mi primera manta hecha a ganchillo; mi sobrina ya dice mi nombre; he descubierto que sólo era cuestión de tiempo y de mucho comerlo que me gustara el guacamole; he vivido la rueda de prensa más divertida de mi vida gracias a Emilio Martínez-Lázaro (durante la 28 Semana de Cine de Medina, que me brindó también la oportunidad de conocer a Bárbara Lennie y Javier Gutiérrez); he superado nuevos retos… y he cumplido 27 años.